Regreso al terruño

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Desembarcar nuevamente en el carril de la cotidianeidad tiene momentos dignos de ponderación.

El lugar donde se ha nacido permanece intacto en las retinas y en el corazón. Los sabores de la infancia, los juegos y las amistades, la magia de descubrir mundos desconocidos, el aroma de la tinta en los bancos, la sonoridad de una campana, las frondas de la plaza en días patrios con homenajes, los bailes en el salón de la Sociedad Italiana, el despertar del amor, todo armoniza en el receptáculo de la memoria.

Bendito espacio que almacena la dicha de los recuerdos más selectos y los hace imperecederos, dispuestos a emerger a cada instante cuando los convocamos. El pueblo pequeño se vuelve inmenso por su bagaje afectivo y conforma el caudal de riqueza acumulada en nuestra niñez.

Cambiamos de geografía y nos adueñamos de bocados terrenales plenos de equipajes espirituales y felices realidades. Enhebramos días en relojes de tiempo fecundo, en resonancias de escuela, albura de guardapolvos que visten sonrisas de niños ávidos.

La amistad teje urdimbres de confidencias, compañía y tesoros colectivos que van enhebrando nuevos nombres en el álbum de la vida. El trabajo inaugura su concierto cotidiano de satisfacción cumplida y el reencuentro nocturno florece junto a una mesa tendida con relatos de niños y carcajadas adultas. Es la familia, célula cardinal de la sociedad.

Cuando se deben abandonar en forma temporal los ámbitos habituales se extrañan la rutina doméstica y la social; se añora cada minuto y cada hacer que antes parecía repetido se convierte en vivificante e imprescindible. Las grandes ciudades poseen una esencia distinta donde la modernidad, el dinamismo y las ofertas seductoras confrontan con la incomunicación, el anonimato, la aglomeración y las urgencias.

Pero desembarcar nuevamente en el carril de la cotidianeidad tiene momentos dignos de ponderación. Restablecer el ritual doméstico y comunitario es como satisfacer el apetito a continuación del ansia profunda que nos embargaba. Recorrer nuevamente las arterias de la ciudad nos lleva a descubrirla después de haber extrañado; su ritmo y las luces nocturnas avivan nuestro gozo; a cada paso hallamos el saludo cordial, una sonrisa de amistad, el abrazo entusiasta.

Porque así es Sunchales, mi segunda patria. Con su caudal de vida nos alimenta y mantiene en alto pedestal nuestras energías para devolver lo que se recibe de ella. La riqueza emana de su gente, sostén de realidades que la transforman y colocan en escenarios convocantes de aplausos. Regresar al terruño es abrir los brazos en rituales de encuentros; allí la nostalgia encendida calma su llamarada.

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