El doctor Andrés ya no está entre nosotros

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El Dr. Elvio Andrés en la celebración de los 70 años del hospital, en el año 2014, donde fue reconocido por su paso como Director del mismo.

Cada desaparición física de un miembro de nuestra comunidad impacta en el ánimo de aquellos que fuimos sus conocidos, vecinos o amigos, provocando el acompañamiento. Y si esos lazos no eran tan profundos, igualmente la congoja nos invade porque se trata de un ser humano, sunchalense, y pensamos en su entorno familiar como seres inmersos en el dolor de la ausencia.

Cuando una desdichada noticia invade los espacios públicos y más tarde los íntimos, trayéndonos un nombre muy conocido y allegado profundamente a la familia, se intensifica el sentimiento de asombro y pesar, aunque una enfermedad prolongada es anticipo previsible del desenlace. Pero las esperanzas subyacen entre los suyos y en un marco tan amplio como lo puede lograr un médico radicado desde hace tantos años en Sunchales.

Conocí al Dr. Andrés a comienzos de octubre de 1971, año en que nació mi hija. Mi esposo lo encontró imprevistamente en nuestra calle Santa Fe, precisamente en la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo, donde el Dr. Cerutti tenía su consultorio. Elvio Andrés era nuevo en la ciudad y se hallaba trabajando profesionalmente allí. Ese momento en realidad fue un reencuentro, porque habían compartido dieciséis largos meses del servicio militar en el Regimiento 12 de Infantería en la ciudad de Santa Fe.

Quedó sellada así una amistad indeclinable y la permanencia de su atención facultativa a través de los años hasta que él decidió alejarse, acogiéndose a su merecida jubilación. Cada miembro de nuestra familia con algún problema de salud recibió su diagnóstico, sus cuidados y en casos de mayor complejidad, una sabia derivación. Cualidades que lo distinguían y en todo momento valoramos.

Unió a su profesionalismo la calidad como ser humano comprensivo, afable, desinteresado, siempre de buen talante con sus pacientes y con todo el mundo. Las visitas a su consultorio tenían como consecuencia también una charla medular sobre síntomas y tratamiento, pero además sobre la familia, la vida, los acontecimientos locales o nacionales. Conversar con él significaba ampliar el campo cultural, refrescar vivencias e intercambiar opiniones con una persona culta y accesible.

Su alejamiento del ejercicio de la medicina ya significó un desprendimiento doloroso; los encuentros fueron en la calle, en un acto público, en la iglesia, donde siempre mantuvo su saludo cariñoso, sus preguntas interesadas y la calidez de una sonrisa sincera. Duele reconocer que ya no lo encontraremos entre nosotros pero jamás se diluirán su imagen y los valores que nos dejó como ejemplos señeros.

Junto a su esposa e hijos -queridos ex alumnos-, velaremos por su recuerdo encendido. Toda la población levantará el altar de la memoria para que sea imperecedero su nombre, porque su trayectoria como médico y como hombre lo amerita.

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