El Pacto de la Moncloa

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La firma del Pacto de la Moncloa, una institución en si mismo (Foto: Diario El País).

Desentendimientos, debates, controversias, diferencias de opiniones lógicas pero que convergen en la falta de unidad y consenso para planificar y actuar en consecuencia logrando el beneficio de todos, en cualquier ámbito donde se desenvuelven empresas, instituciones o gobiernos.

No es extraño que esto ocurra; la vida democrática en la modernidad contiene adversidades, sacrificios y también aciertos. Esto sucedió también en España, quien cuenta en su haber con un hito de gran valor destinado a fundamentar la clave del éxito en la actualidad. Allá por octubre de 1977 los representantes de los principales partidos políticos, sindicatos y demás actores de la sociedad asumieron con seriedad y patriotismo el compromiso en firmar dos documentos verdaderamente históricos. Una decisión que consiguió funcionar plenamente con posterioridad a las cuatro décadas de letargo franquista.

El acuerdo firmado a través de los documentos incluyó seguir un programa económico y político con resoluciones propensas a estabilizar la administración de España, acechada por la sombra tenebrosa de la pobreza, con una alta inflación y el retorno potencial de la dictadura militar que soportó el pueblo español. Los Pactos fueron dos, denominados “Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía” y “Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política”, firmados en el Palacio de la Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno desde 1976.

¿Cómo lo lograron? Todo tiene una clave. Pero esa clave necesitó ser elaborada, producida a través de la voluntad hacia el consenso entre los grupos más templados de centro derecha. A estos sectores pertenecían el presidente Adolfo Suárez y también los de centro izquierda. Inclusive participó el Partido Comunista Español, legitimado a comienzos de ese año.

¿Simple? ¡Para nada! Todos, sin excepción, debieron afrontar el hecho de realizar concesiones, algo que no siempre se logra plenamente. Con protestas (ruidosas o no); seguramente con reproches, pero el alto objetivo se alcanzó. Hoy, los frutos son palpables después de aquella decisión compartida e inteligente. Muchos Pactos de la Moncloa – que cambiarán su nombre según donde se firmen- merecen ver la luz para que los beneficios que el pueblo reciba pueda debérselos a la unidad y compromiso de sus gobernantes. ¿Utopía, quizás?

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