Plazas de Sunchales

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Vista de la Plaza Libertad y alrededores en el año 1939 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

En los pueblos y ciudades de Europa existen las plazas como lugares vacíos, empedrados, dispuestos a albergar a la población, considerados como espacios de reuniones y de toma de decisiones.

En nuestro país interrumpen la monotonía de las casas; procuran más aire y luz, especialmente en las grandes urbes de cemento. Son el corazón, como índole de lo urbano. En ellas, los árboles dan sombra aportando alivio ante las altas temperaturas y la insolación, protegen del viento y de las destemplanzas durante el invierno, controlan la erosión del suelo, ornamentan y absorben agua; brindan barreras visuales y atenúan los sonidos; nos ofrecen dominios de recreo y esparcimiento. Martin Luther King escribió: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”.

Cada plaza acumula una connotación especial. En forma absoluta e independiente de su trazado y realce, puede ser continente de recuerdos y vivencias relacionadas con distintas etapas de la vida personal. La ingenuidad de los juegos se entrelaza con el gozo de la compañía de amigos en la niñez; los paseos de la adolescencia, el amor correspondido que necesita de un banco bajo la pérgola para expresarse. Capítulos de cada biografía.

Nuestra plaza central en Sunchales tiene sonidos propios de la fuente cantarina y los infaltables gorjeos confidentes de los pájaros, además de la ornamentación que siempre la distingue. Celebraciones y homenajes entrelazan su tránsito. Los juegos infantiles son resonancia insuperable de la alegría y cascabeleo de risas; la calesita rueda llevando consigo colores, carcajadas y magia. En feriados y domingos se puebla de adolescentes que en rueda de mates asimilan confidencias y estallan en contagiosas algarabías. Con soltura de movimientos y gracia hacen del césped cómodas poltronas que asombran y provocan la envidia de adultos mayores.

En los barrios, las plazas asumen auténticos roles de espacio vivo para reunir esencialmente a los niños. El sol desata su magia de artesano; sube y baja el vuelo con un chirriar encadenado bajo el susurro de frondas. Alejados del cemento y los edificios altos, conjugan la libertad y el solaz de los días sin compromisos, el verano, las fiestas. Algunas lucen el suministro de agua saludable que es compartida por las familias como recurso para llevar a los hogares ese tesoro, ofrenda generosa.

Además se convierten en escenarios de festejos para determinadas efemérides. Malvinas, la Independencia o la Inmigración y el recuerdo hacia Colón; también las plazoletas, no por breves son menos significativas en su homenaje. La Plaza de los Niños constituye un rotundo ejemplo de pensamiento adulto conducente a originar el solaz colectivo de la infancia; allí las melenas desordenadas forman un paisaje en el anfiteatro de los rincones.

Verdaderos pulmones de la ciudad; como los pulmones, las plazas son órganos vitales. Su distribución es estratégica y no abandona ningún ángulo del plano territorial. Numerosos poetas le han cantado a las plazas. Borges escribió: “Con fino bruñimiento de caoba la tarde entera se había remansado en la plaza…” Cuando la hora se traga la tarde le deja a la noche otra plaza, soñolienta pero aún rumorosa, hasta que se silencian los sonidos del día y llega una orgía de sombras. Allí queda, expectante, aguardando la ceremonia del renacimiento para cumplir nuevamente su destino.

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