Adios a otro profesional de la salud

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Un nuevo profesional de la salud acalla su voz y su accionar en Sunchales, lamentablemente. El miércoles 24 de julio dejó de existir el Doctor Ezio Oscar Hoermann, traumatólogo de reconocida trayectoria en la zona. Un deceso sorpresivo y rápido, silencioso, en casa del hermano, durante una visita con su esposa.

Como decíamos con respecto al Dr. Elvio Andrés hace unas pocas semanas, también numerosos pacientes gozaron de sus conocimientos, su bonhomía, el consejo sereno y certero, su honorabilidad, la atención sin distinciones, a toda hora, considerando a cada ser humano con la misma vara e idéntico esmero profesional.

Nació en 1935 y estudió Medicina en Rosario. Había comenzado su trabajo como médico rural en Las Palmeras (1970), donde hoy se extiende también el dolor ante su pérdida. Un vecino de esa población comentó que en cualquier momento del día o de la noche, no importaba la cantidad de kilómetros, él concurría al lugar donde un enfermo reclamaba su sapiencia en cuanto a medicina. En 1972 se especializó en Traumatología y en 1976 se estableció finalmente en Sunchales.

Esposo de Eulalia Pompeo, docente, nacida en Ataliva, padre de Leonardo e Iván, quienes le regalaron tres nietas. Hizo de la vida familiar un ámbito de cobijo, templanza, consejo y compañía. Supo cosechar numerosos amigos que lo despidieron acongojados, especialmente aquellos conectados con él a través de la medicina y del ciclismo.

En la sala de velatorios fue llevada a cabo el jueves 25 la ceremonia religiosa. Con posterioridad, la empresa a través de Fernando Pacheco indujo a los presentes a expresarse a través de conceptos y recuerdos. Así lo hizo su esposa, valorando sus virtudes y deseando para las demás mujeres presentes que Dios ubique a su lado un marido con las mismas cualidades del suyo; los hijos lo recordaron como padre justo, honesto, gran persona.

Sumaron sus palabras otros profesionales, familiares y amigos, quienes con profunda emoción fueron dejando expresiones donde destacaron plenamente sus virtudes como ser humano y todo fue como un proceso para originar “la apertura de las puertas del cielo”, donde seguramente reinará el espíritu del Dr. Hoermann.

Los acompañantes vivieron una singular despedida como consigna que ocasionó el manifiesto protagonismo de quienes decidieron prestamente aceptar el compromiso de la propuesta. Como devoto del ciclismo, se decidió vestirlo con la ropa deportiva para encaminarse hacia su destino final. Él había cruzado la cordillera por Mendoza varias veces con sus compañeros, allá por 1986. Desde aquí partió solo, pero el corazón de cada uno de los presentes escoltaba su viaje.

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