Aquel tiempo que gozamos

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Como el aire que se respiraba era la ética y nadie la mencionaba porque tener conducta y moral era genético, valores que se añadían al color de los ojos o a la talla de cada ser nacido. La ética amanecía en cada jornada con el ejemplo de los padres en el saludo, en sus abrazos, en el desayuno con sabor a familia. La ética florecía en el blanco y almidonado guardapolvo de la maestra, en el saludo respetuoso a la bandera frente al mástil de la escuela… y así comenzaba el día para caminar sobre las horas del reloj con idéntico proceder.

Quizás ni conocíamos aún el significado de la palabra. O sabiéndolo, no la mencionábamos porque venía incorporada con nuestra esencia. Honestidad, respeto, obediencia, decoro, virtud, compañía, amistad, respeto, constituían el código de honor con el cual nos alimentábamos en cada etapa de nuestra existencia, bajo las luces de los faros paternos que nos guiaban con afecto y rectitud.

Se acentuaba la convivencia pacífica en el breve recorrido de un pueblo, donde todos nos conocíamos y ayudábamos en el caso de ser necesario. El vecino servicial no solo era quien vivía al lado; constituía el apoyo en caso de urgencia, la seguridad confortable de tener con quién hablar y compartir momentos de alegría o de tristeza.

La palabra empeñada era sello de decencia y no se contradecía. Que nos distinguieran con el Señor o Señora era un galardón como en tiempo de blasones reales. El saludo jamás se negaba y los pocos acontecimientos sociales nos unían en la plaza, en el club, en el salón de la Sociedad Italiana. ¿Inclusión? El acompañamiento y la inserción eran dotes naturales que no se discutían, tan antiguos como el pueblo mismo.

Los ventanales nocturnos extendían – a falta de luz eléctrica en ese tramo horario – un derroche de luna duplicada en los espejos del ropero y la cómoda. ¿Rejas? Como ornamento quizás. ¿Candados? Tal vez para el negocio de Ramos Generales de mi abuelo, repleto de mercaderías. Ninguna sombra furtiva ni incursión en morada ajena nos perturbaba el sueño. El verano nos hallaba en el patio nocturno con puertas abiertas y las estrellas como techo si el termómetro acrecentaba sus números. La seguridad del entorno era inquebrantable.

El ayer y el hoy no se oponen solamente en el calendario. El día y la noche no se enfrentan únicamente en el camino del reloj. Un tiempo que fue y un tiempo que estamos viviendo. Cronos, Dios del tiempo humano, nos ha puesto en las antípodas. Prevalece lo antiético y quienes hemos vivido aquellos años valoramos la riqueza de haberlos gozado y sollozamos por la pérdida de ese tesoro imponderable.

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