La historia gringa en el equipaje de la memoria

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Existen fechas que pueden celebrarse durante todo el año, aunque el almanaque marque precisamente un día para su conmemoración dentro de las efemérides argentinas. Es tal la fuerza de su homenaje que pervive en cualquier casillero del calendario.

Expresamente en nuestro país, tan necesitado de brazos para el trabajo y de pobladores para los extensos campos de la patria, el Día del Inmigrante podría ser cualquiera de los 365, pero se lo ha recordado el 4 de septiembre por la firma de un decreto que destacaba ese mismo día, allá por 1812, cuando nuestro gobierno en ese momento, el Primer Triunvirato, ofrecía su “inmediata protección a los individuos de todas las naciones y sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”.

Sobrados y honrosos ejemplos tenemos en nuestra pampa gringa y especialmente en la región que habitamos. Seis colectividades constan en los comienzos de la Colonia de Sunchales, aunque sabemos que los italianos eran los preponderantes. El Estado les aseguraba “el pleno goce de los derechos del hombre en sociedad con tal de que no perturbaran la tranquilidad pública y respetaran las leyes del país”.

Y aquí llegaron, sobre el lomo del océano, llenas de oleaje las miradas, los labios femeninos apretados en el rezo, el ceño adusto de los hombres y con el escaso bagaje de las pertenencias. Años más tarde serían las guerras y la miseria las causantes del desarraigo sangrante y despiadado. No obstante, los sueños colmaban las pupilas y se entrelazaban las manos de las familias en busca de un vínculo fortalecido. Sueños por una nueva patria que les devolvería la paz quebrantada, el pan crujiente sobre la mesa y el horizonte como futuro hacia el cual dirigirse.

Venían en busca de trabajo. Y el arado clavó la herida de su reja en un suelo feraz por excelencia, donde la semilla echada espigó en madrugadas de tambo, faroles, parvas y molinos como quijotes de la planicie. Aquí fecundaron los surcos y los vientres. Los hijos impregnaron sus apellidos en las colonias santafesinas y la sangre familiar fue reguero fértil para multiplicar brazos laboriosos y sueños acrecentados.

Mirar las fotografías en sepia que muestran las augustas familias de antaño nos pone en sintonía con esa época, raíces de nuestra prosapia. Imaginamos la rumorosa prole que debió acicalarse para posar y el único momento quizás en que llegaron al pueblo para que el fotógrafo dejara constancia; ese mismo testimonio que hoy nos cabe en la palma de la mano y son nuestros abuelos o bisabuelos.

En la pared del lado este de nuestro Museo hay una gigantografía que ocupa todo el espacio y desde allí nos mira la numerosa familia de Pedro Viotti. Un retrato es historia viva, un relato expresivo que nos conmueve y contagia. Podemos acercar las manos y acariciar esos rostros en un contacto que atraviesa siglos de historia. Ponen su mirada hacia adelante y es evidente el orgullo por la sangre florecida en herederos que a su vez se multiplicaron hasta el presente, como lo hicieran nuestros propios abuelos.

Italia recibe la visita de quienes van al encuentro de documentos y también de la geografía regional donde vieron la luz los apellidos gringos que portamos desde este lado del globo terráqueo. La emoción es intensa y profunda. Se entornan los párpados y pueden avizorarse aquellas figuras augustas, dueños de la firmeza y valentía para abandonar el suelo natal y echarse a la mar en busca de América. Se regresa exultante, con la riqueza de la historia familiar en el equipaje de la memoria y en el corazón. Y aquí, levantamos sobre el pedestal de la honra esos nombres que anidan en nuestro recuerdo agradecido.

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