El retorno del tren

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“Todo nació allí / junto a las vías / paralelas de confines extendidos / núcleo del hacer y la esperanza. / Muy cerca, casi palpable / la otra memoria sumergida de soldados / de restos y sonidos sobre el rígido mangrullo…” (Ch. de L).

Cuenta la historia de Basilio Donato que Carlos Steigleder trazó los planos de la Colonia Sunchales y dejó el espacio para las vías del ferrocarril que llegaría en 1887. Por eso el agrimensor –mal llamado fundador– edificó su vivienda en ese lugar cercano.

Hitos del llano que demandaba vínculos y puntos de contacto; junto a las estaciones ferroviarias se aglutinaron los pueblos para que las familias llegadas de lares distantes echaran sólidas raíces y levantaran las banderas del hacer y del progreso.

En Ataliva (1884), por ejemplo, la primera autoridad designada fue la del Jefe de Estación, tal era la importancia del quehacer comercial y de comunicación que en esos andenes se desarrollaba. Donde el asfalto tardó en llegar, la lluvia obligaba a usar este transporte tanto para el comercio como para los vínculos del trabajo, la educación, la salud, áreas que configuran la vida de una población.

Los vagones colmados llegaban a puertos distantes y su contenido podía surcar el océano hacia puntos mercantiles y operativos donde aguardaban nuestra producción brotada de la agricultura y de la ganadería, verdaderos baluartes económicos de la llanura que necesitaba expandirse.

“Viene con polvos de otros pueblos / riquezas de otros suelos. / Viene el tren / en busca del fruto de las chacras…”, dice Griseda Bocco en su poema “Señor del horizonte”. //…”Un memorioso evoca andenes repletos de saludos y despedidas. / Una campana suena. / El tañido se pierde entre los verdes”.

Ese “perturbar de monotonías” como lo llama la autora, era en realidad el acicate, el estímulo festivo para que la población distinguiera el momento y ese espacio como sitio de encuentro en días festivos. Desde las ventanillas las miradas establecían conexiones y vínculos fugaces. Los que aquí se quedaban quizás sentían la apetencia de ser ellos también pasajeros hacia otras dimensiones de la patria.

Las tinieblas, el olvido y el silencio se adueñaron de las estaciones, faros señeros del ayer. En cambio, sus destellos triunfaron en otros países convirtiéndose en veloces y lujosos medios de transporte, la antítesis de nuestro destino. Aquí las rutas se atiborraron de poderosos camiones que por su magnitud deterioraron el asfalto y los accidentes subieron cifras en las estadísticas. Rutas estrechas para el avance del parque automotor y allá herrumbrados, los que fueran “señores del horizonte”.

Pero después de cada noche tenebrosa puede parir una aurora de ilusiones; después de la tristeza se tiñe un rostro con el rubor de la sonrisa; después del invierno desalmado aflora la primavera policroma. No es magia ni casualidad. Se necesitaron ideales, decisiones y mecanismos de acción para ubicar en el plano de lo concreto aquello que parecía una quimera.

Es por eso que el próximo domingo 29 de septiembre oiremos nuevamente el sonido del tren de pasajeros que habrá de arribar a nuestra ciudad, proveniente de Buenos Aires y con destino a Tucumán. Las intensas gestiones a través de autoridades locales han hallado respuesta satisfactoria desde la nación.

“Por su sendero de hierros parte /sereno y arrogante…/”, dice la autora, con esa altivez de quien retorna para seguir su destino, más fortalecido y con la seguridad de arraigarse, ya para siempre.

Una de las fotografías históricas de la estación de ferrocarril local.

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