La casa de Steigleder y su destino

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Miércoles dos de octubre por la tarde. El reloj marca las catorce y el sol, esquivo durante la mañana, manifiesta su deseo de reinar en forma progresiva, aunque no con el ímpetu de días pasados en una primavera efímera que cedió luego ante la arremetida tardía del invierno.

La antigua casona del agrimensor alemán Carlos Steigleder se halla habitada y rumorosa. Al frente, sobre el césped, los niños de tercer grado escuchan las explicaciones de su maestra acerca de la arquitectura de la casa. Los acompañan algunas madres y han hecho el recorrido a pie, en una caminata seguramente expectante y bulliciosa. Descarto que previamente, quizás en otra jornada y con vehículos, han estado en el hito histórico del Fortín de Los Sunchales, vestigio de una época para señalar los inicios de la vida organizada en este lugar que después pasó a ser la Colonia de Sunchales.

Conocimientos que internalizan sobre las páginas de los libros y en la geografía local, buceando en el laberinto del tiempo para tomar conciencia acerca de la hazaña y la porfía de tres colonizaciones que marcaron nuestras crónicas. Si no pisan ese suelo, si no recorren esa casa emblemática, los saberes serán efímeros. Seguramente visitarán después el Museo Basilio Donato donde hallarán testimonios y surgirá la valoración de los sueños y sacrificios de los inmigrantes, cepa de donde provienen la mayoría de los niños en esta ciudad.

Adentro, las mujeres madres desarrollan sus actividades artísticas y despliegan habilidades de artesanas o de tejedoras en distintas salas, espaciosas y confortables. Corren la tibieza y el sabor del mate; alguna lleva a su bebé que duerme plácidamente y todas se abocan con entusiasmo a la tarea del día. El diálogo es cotidiano, amistoso y casi familiar, crecido en tantas horas compartidas durante el año que el Liceo Municipal ha programado para ellas.

En la sala de tejido brilla el acero del crochet que se mueve en avances y retrocesos: cadeneta y punto vareta para las principiantes, “hasta que se suelte la mano”, como afirma Marisa, encargada de la enseñanza. Maravillas brotan de la capacidad de otras manos, prendas y adornos, mochilas y carpetas, todo es hacedero y se concreta con probada destreza.

Detrás, una pista de cemento donde algunos niños practican básquet y hacia el poniente, en lo que ayer fueran vetustos galpones, la Escuela para el Trabajo, un Centro de Formación en Oficios, desde los tradicionales hasta emprendimientos digitales: instaladores domiciliarios, electricidad, peluquería, albañilería, soldadura, carpintería, huerta y jardines y herrería. Un microuniverso de quehaceres útiles para transformar la vida laboral de cada asistente.

En 1885 Carlos Steigleder finalizó su vivienda, luego llevó los planos a Santa Fe (1886). Allí mismo vivió, junto a la lonja de terreno exigida y marcada, ya que en 1887 llegaría el ferrocarril. ¿Puede visionar el ser humano el futuro de su casa, el pueblo, la educación? Falleció a los 45 años; su juventud y las ocupaciones quizás no le dejaron espacio para ello.

Este domingo recuperamos el tren de pasajeros y su silbato inundó el espacio como cuando despertaba a Don Carlos en su vivienda cercana. No habría mejor destino para este escenario que lo ostentado en la actualidad. Aquella casona que iba narrando la historia en mi libro “Lo llamarán fundador”, vaticinaba un porvenir elogioso como el que se le ha asignado.

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