Felices 133 años, ciudad

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Christiani o Lehmann
(*) – ¿Carlos Christiani o Guillermo Lehmann? No sé como escucharon ustedes la historia, pero creo, humildemente, que el precursor y animados de la tercera colonización fue Don Guillermo. Don Carlos era muy buen médico, establecido en Santa Fe y, según escuché yo ene stas habitaciones, era médico de la familia Iriondo. Las amistades de Los Iriondo, especialmente de Simón, se extendieron hasta la colonia La Esperanza. ¿Y quién vivía ahí? pues nada menos que Guillermo Lehmann, dueño de una empresa colonizadora.

Se dice, mejor dicho, se atribuye a Christiani la intervención en otras colonizaciones: Nuevo Torino, Felicia, Virginia, Humberto I, ¿documentos? ¡No!, documentos no hubo, por eso expresé… «se dice»…

Lehmann era propietario, claro. Había comprado tierra, mucha tierra, campos fértiles que hoy son el Departamento Castellanos. ¡No le faltaban derechos y acciones, tampoco! Diez leguas que quedaron a La Mot y lo que poseía con sus socios.

¡Cuántas ocupaciones! ¡Eran demasiadas para un solo hombre! Nada menos que cinco colonias para atender, entre ellas, Rafaela, además de los proyectos que rondaban por su mente, todo era excesivo y como si fuera poco, lehmann estaba molesto porque sus asociados eran «inoperantes». así que, manos a la obra, fue liquidando cuentas con todos. Como ustedes se imaginan, quedando librados a su propia fortuna y determinaciones.

Interrumpida la sociedad, Christiani fue dueño absoluto de las 20 leguas, aquellas mensuras por Livi. Corría el año 1883. Y luego se presentaría la magnífica oportunidad de ver cruzar las líneas férreas por sus campos.

– ¡Si ustedes hubieran visto lo que representó el ferrocarril en ese momento!
– Largas y desoladas extensiones pudieron acercarse a través de las vías que se iban extendiendo poco a poco. ¡Una verdadera fiebre!
– Eran necesarios los mapas, también los ingenieros, pero mayor cantidad había de peones. A todo esto había que agregarles carpas o ranchos, aunque no faltó alguna casa de ladrillo.

El pasado era el Fuerte, los indígenas, los blandengues, las guardias nacionales, las estancias, el aparecer y el desaparecer de los núcleos empeñados en colonizar.

Ahora sería el tiempo del colono rudo, inmigrante también, del arado definitivo, los molinos, de las tierras abandonadas por los otros pioneros.

Disuelta en 1883 la sociedad entre Christiani y Lehmann, el primero quedó dueños absoluto de las 20 leguas que había mensurado Livi, como ustedes recordarán.

¿Titubeos para Christiani? ¡Nada de eso! Velozmente organizó la repoblación de Sunchales. Claro que el lugar anterior ya no servía; por eso se hizo el emplazamiento que hoy tiene y para eso, asoció a mu dueño, Don Carlos Steigleder, que además era su pariente.

1884, 1885… años de intenso trabajo.

La tierra era pródiga, se veía todo su potencial. A lo lejos se divisaban el horizonte y más allá, siempre había un trozo más para medir. Parecían infinitas las leguas. Había que mensurarlos a todos; todos sin excepción. Medir y después trazar los planos.

Cuando la tarea estuvo concluida, si se enviaba el trabajo cartográfico a Santa Fe, ¿qué constancia quedaba aquí, en poder de los autores? Entonces se decidió buscar la participación de un amigo, mejor dicho de un «paisano»: Rodolfo Brühll fue elegido para que fuera autor de una copia.

Solo una copia le pidieron. Pero eso fue suficiente para que años más tarde le atribuyera a Brühll la «fundación» de Sunchales. Atribución injustificada, por supuesto.

Un alemán en Santa Fe
La distancia a Santa Fe no era un tramo menor para recorrer. Hasta allá se debía llegar para presentar el trazado de los campos, una vez concluidas las mediciones. El trabajo de dos años estaba concluido; la nueva traza de Sunchales se hallaba concretada definitivamente y mi dueño debía presentarse ante el gobernados José Gálvez para que se aprobara.

– ¿Y yo tengo que ir?
– Así es, usted debe ser.

¡Pobre mi Don Carlos! ¿Cómo pretenden que se entendiera correctamente con las autoridades de Santa Fe? Él mismo contaba después que conversó – como pudo – con el gobernador José Gálvez; habló sobre los proyectos y en ese despachos redactaron la petición.

Pero él no hablaba bien el castellano y quien redactó la nota – seguramente algún secretario – no entendió, no vio o se olvidó, que decía «Los Sunchales». Por lo tanto, la historia y el presente nos conocen solo como «Sunchales»; en ese camino hemos perdido «los», aquél «los» de la primera época.

El pedido y los planos siguieron su curso; ingresaron al Departamento Topográfico el 1 de mayo de 1886, a la una de la tarde. Luego el expediente tuvo fecha del 31 de mayo. Menos burocracia que la de hoy; más prontitud para realizar los trámites.

Pero he aquí que faltaban algunos requisitos legales: ¿las calles que rodean cada lote?; ¿figuran o no figuran? ¿se han previsto calles sobre sus límites exteriores?, ¿las dimensiones, además de los nuevos rumbos adoptados, figuran? parece que era necesario hacer figurar en el plano, separado y con escala, estos detalles.

Exigían, además, que hubiera una firma: «del propietario, fundador, o persona que lo represente». Esto se comunicó con fecha 10 de junio de 1886.

– ¿Otra vez a Santa Fe?
– Otra vez, exactamente. Nadie mejor que usted.

Allá se fue nuevamente mi dueño para presentar dos planos: el mismo de antes, con otro donde figuraban las manzanas y calles del pueblo. Las exigencias estaban satisfechas. Alrededor de cada «compleso de cuatro concesiones» tienen veinte metros de ancho. La apertura estará a cargo de los dueños, según boleto de ventas. «Los límites del pueblo serán paralelos a la línea del ferrocarril y las calles tendrán 15,58 metros de ancho».

El 17 de septiembre este documento llegó de nuevo al Departamento Topográfico. Allí, las autoridades dieron la orden de aceptación, el 9 de octubre del mismo año. ¿Y saben quién se encontraba entre ellas? Pues nada menos que Don Cayetano Livi, gran conocedor de estas leguas.

Luego el expediente siguió camino hacia el Fiscal de Estado, para desembocar por último en el Ministerio «que no halla dificultad legal para aprobarlos». Finalmente, el 19 de octubre de 1886, Don José Gálvez, Gobernador de la provincia -descendiente de Juan de Garay en la novena generación-, estampó su firma y aprobó «de conformidad a los planos presentados».

Gloriosa firma de aquellos hombres siempre dispuestos a crear, suscribir, acreditar, para que las generaciones del futuro aniden en este rincón de la llanura.

Pero estos fueron los trámites de rigor, cuando aquí, en el pueblo que acababa de nacer en los papeles de Santa Fe, la gente ya había levantado algunas viviendas. Si, así fue; viviendas ya había.

¿Dónde? Pues seleccionaron sus lotes cercanos al ferrocarril; siempre en torno al ferrocarril, eje existencial de tantos pueblos en la patria donde el mañana estaba por hacerse.

El frente de la plaza también era un lugar preferido. Plaza era una forma de decir; en realidad, se había dejado el lugar para ella, como en cualquier población. Después llegaría el arbolado y sus senderos, la ornamentación fue paulatina.

De dos años atrás, en las chacras había algunos colonos dedicados a la agricultura. Los inmigrantes italianos del Friuli, del Piemonte, de la Lombardía, se iban asentando.

(*) Chela Lamberti, del libro: «Lo llamarán Fundador».

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