Aquellos tiempos de paz

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Armonía, concordia, sosiego, serenidad, equilibrio… son tantos y tan hermosos los sinónimos del vocablo Paz, que resulta muy difícil elegir solamente uno para reemplazarlo y evitar la repetición. Quienes peinamos canas hemos nacido y crecido en medio del aura, hálito pacífico que fue aliento de nuestros días más felices. Transcurrida la infancia en la ciudad o en los pueblos, tuvo características similares y maravillosas, con las diversidades evidentes de los escenarios repletos de paz.

Lógicamente, la vida en las poblaciones pequeñas fue tan serena que nos permitió una libertad imponente y amada, valorada hoy a través de los años transcurridos. En el campo, la amplitud geográfica constituía el mágico universo de las posibilidades en los juegos y el contacto permanente con los tesoros de la naturaleza.

Si el verano se hacía insoportable y ardiente, allí estaban las amplias galerías cubiertas de madreselvas fragantes y los patios frondosos que aplacaban la furia de febo durante la tarde según los exuberantes ramajes cubiertos de verdor. Quizás una reposera o simplemente un catre servían para descansar el cuerpo en horas de estrellas cósmicas, en comunión de voces con la familia después del trajín diurno. Con una libertad segura, sin atisbos de peligrosidad alguna.

Todos estos invalorables gozos, permitidos por esa paz y la consecuente seguridad, fueron una constante en aquellos años sin rejas, sin cerrojos, desprovistos de alarmas y cámaras detectoras, cuando jamás imaginábamos ser presos de los temores y tener que vivir enclaustrados, privados de movimientos libres, sin control y desconfianza. Jamás, rotundamente.

La vida era un don divino y preservar la propia tenía consignas similares a las de cuidar la de nuestros semejantes, familiares, amigos, vecinos o desconocidos. ¿En qué encrucijada del almanaque perdimos esa virtud que nos permitía apreciar el bien ajeno de la existencia? ¿En qué momento cambiaron las normas, el respeto, la escala de valores, el sentimiento de hermandad? ¿En qué época nos privamos de la confianza para vivir encerrados en cárceles domiciliarias?

Por supuesto que podríamos elaborar una estadística de causas porque hemos sido espectadores de los cambios paulatinos. Pero tal inventario no tiene justificación. Algo ha sucedido con el ser humano como resultante de transformaciones donde la apetencia por lo ajeno es moneda corriente, incluso hasta el desprecio por la vida de los seres humanos.

Aquellos tiempos de paz subyacen en nuestra memoria y reverdecen de tanto en tanto para vigorizarse, porque convencidos estamos de haber vivido una época jubilosa. Esos recuerdos diseñan nuestro mayor capital pero hoy se acrecienta nuestra zozobra, esperando no ser los próximos damnificados.

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