Una misa y dos Presidentes

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Corría mayo de 1887 cuando comenzaba la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Luján, a unos 70 km. al oeste de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, precisamente en la provincia de Buenos Aires. Su edificación se completó en 1935.

Imponente monumento de fe, característico del siglo XIII y uno de los más importantes casos del estilo neogótico de Argentina, junto con las catedrales de La Plata, San Isidro y la iglesia de los Capuchinos en la ciudad de Córdoba. Está dedicada a Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina. Por este motivo, es también considerada el Santuario Nacional.

Predestinada, sin lugar a dudas, para que se produzca en su ámbito un hecho inédito, auspiciado por la Iglesia; allí estuvieron el primer domingo de diciembre dos Presidentes, quien se va y quien llega, respondiendo al llamado “por la unidad y por la paz”. Una homilía clara, sencilla, directa, sin subterfugios, estuvo a cargo del Arzobispo Scheinig: «En este lugar sagrado y con la confianza que nos da la Madre de Luján, los invito a pedir especialmente por la unidad de los argentinos».

Gesto conciliador y de gran amplitud para dejar sentadas las bases de una necesidad imperiosa del país. Continuará luego la necesidad de hacer efectiva esa propuesta de los sacerdotes. Excelente el sitio elegido para llevar a cabo este encuentro. Más allá de las interpretaciones, para la Iglesia, la convocatoria fue un éxito. En un fragmento de su homilía, dijo el Arzobispo: «Nos comprometemos a rezar por ustedes porque es muy grande la tarea y mucha la responsabilidad que el pueblo les ha confiado».

Las páginas de la historia hablan de grandes gestos y de grandes hombres como actores de la realidad en cada época. “Este viejo adversario, despide a un amigo; vengo en nombre de mis viejas luchas…” palabras del Dr. Ricardo Balbín en el funeral de Juan D. Perón, en representación de la Unión Cívica Radical.

Rivales en la política, no enemigos. “Fue posible comprender y conjugar los verbos comunes de la comprensión de los argentinos”… y hablaba del compromiso de todo un pueblo. “La paz de una nación” no es tarea fácil, pero no imposible.

Un asiento a la par y en primera fila, una copa de agua fresca para compartir, un abrazo, el comentario y la sonrisa… ¿estamos en Argentina? Sí, la Iglesia, una Iglesia intermediaria y pacificadora pudo lograrlo, en un día domingo y por una hora compartida. Si los gestos se convierten en efímeros el tiempo lo dirá. Pero por esa hora, los habitantes de este suelo soñamos con una grieta depositada en el recuerdo.

Los años cumplidos nos llevan a ser conocedores de todas las escenas y todos los protagonistas. Nuestra memoria de varias décadas está habitada por hechos lamentables. Siendo niña ya oía en el entorno los calificativos “gorilas, oligarcas, contreras” y tantos otros que establecían las fronteras erigiendo divisiones.

En las aulas enseñamos educación cívica (o como se llame ahora la materia), educamos para el respeto a los símbolos, el conocimiento de nuestros héroes y sus trayectorias sacrificadas en beneficio del suelo natal. Toda esa transmisión no puede haber sido en vano. Los docentes fuimos partes de la transferencia de valores en pro de la patria. Que despierten y permanezcan vivos los sentimientos para que Argentina brille entre las naciones del orbe y su gente vacíe el rencor de los corazones.

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