Otra vez, Navidad

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Inexorablemente, el reloj atraviesa el calendario implantando los tiempos recurrentes para las vivencias de los seres humanos. El almanaque se carga de conmemoraciones históricas, de recogimiento o festivas, para darnos la posibilidad de no olvidar y reproducir las celebraciones individuales o familiares.

Más acentuadas algunas, imponen un cese en el vertiginoso trajinar diario y se colman de resaltada significación, especialmente si entran en juego la espiritualidad y la fe consagrada. Si bien han mudado ciertas costumbres para abrazar hábitos foráneos, el mensaje medular sigue siendo el nacimiento de Jesús en cada Navidad.

El pesebre en Belén revive los momentos aquellos que marcaron un antes y un después en la trayectoria de la humanidad. A la modestia de la cuna y el ámbito, un gran halo destella con su fulgor maravilloso en torno al niño recién asomado a la luz de la vida. Predestinada María y elegido su hijo, ambos tallan su imagen sobre las páginas de la historia que será narrada en los Evangelios.

Olvidar que esta es la auténtica motivación para celebrar la Navidad nos convertiría en autores de actos frívolos y profundamente terrenales. Saborear alimentos y beber, brindar y degustar todo tipo de provisiones abundantes, no constituye únicamente la razón del encuentro. Si bien la mesa tendida tiene connotaciones de fusión para compartir remedando una reunión en el cenáculo, bregamos para que afloren todos los componentes que constituyen la sustancia verdadera del nacimiento de Jesús.

La familia, unida armónicamente a través de todas sus edades, confluye en el acto rememorativo y se colma de felicidad en Nochebuena, preludio del nacimiento. La conjunción de sentires son vínculos del afecto y los lazos de la sangre conforman aquellos enlaces de la familia cristiana en Belén, preámbulo de las demás que se constituirían a lo largo y a lo ancho del orbe.

Nuestras ausencias dejarán su página de recuerdos, pero seguramente los espíritus sobrevolarán el ámbito de cada asamblea porque jamás se apartan de nuestra memoria. Cada protagonista evocará su propia infancia con ilusiones e inocencia; las risas y juegos de los más pequeños alternarán con las voces adultas del coloquio y todo será una fiesta: porque renace Jesús en cada Navidad y nos aprontamos para el ingreso a nuevas páginas de un calendario reluciente, próximo a ser estrenado.

Que el brindis sea expresión sincera de buenos deseos; enunciado del futuro que se anhela; gesto cordial de amistad y cariño entrañable. Todos los testimonios echados al aire se corporizarán como atributo y afirmación de una realidad anhelada desde la nobleza y la efusión navideña.

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