La arquitectura del 2020

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¿Se desechan los almanaques? Seguramente sí, para no acumular papel inútil o con el propósito de dejar un lugar en la cartera destinado al nuevo calendario. O para ubicar sobre el escritorio una reluciente agenda, ávida de notas y compromisos diarios que alimenten la frágil memoria.

El calendario que descartamos, no obstante, conlleva una carga histórica significativa. Contiene momentos trascendentales de nuestra existencia, situaciones de gozo, de preocupación, ilusiones o desesperanzas que se desgranaron a lo largo de doce meses. Doce meses diseñados como capítulos entrañablemente nuestros. A veces hallamos una fotografía en sepia que nos permite revivir etapas de otro tiempo; así los almanaques pueden remitirnos a escenas que no queremos relegar bajo un manto de olvido.

Quitamos la última hoja y echamos una llave imaginaria a episodios como si quisiéramos descartarlos para enfocarnos anhelantes y únicamente en el futuro, más brillante, más optimista, positivo y probablemente exitoso. Los horóscopos – para quienes creen en ellos – pronosticarán especialmente bondades en el transitar de los días. Quienes deseen confiar, confiarán.

Los cierto es que el mañana se encuentra allí, al alcance de la mano y se construirá según nuestra propia arquitectura 2020, a espaldas de todo presagio. Los optimistas verán una aurora de dulce vendimia porque se sienten seguros de su voluntad de trabajo y de su enfoque positivo frente a la vida. Estarán bien plantados además para recibir los embates del infortunio si así se presentaran.

Quienes hemos caminado a lo largo de varias décadas damos gracias infinitas por haber podido echar mieses en los surcos. Hoy recogemos espigas que la sangre florecida en primaveras nos permitió engendrando la multiplicación de la familia. Cada ciclo que se inicia nos seduce con la esperanza y los augurios presentan la fuerza expresiva del sentir.

No es un mero formulismo. Las copas se levantan al impulso de los afectos. Tintinean los cristales y nuestros labios musitan las palabras que no por repetidas dejan de ser mágicas. En este caso, nuestra palabra escrita cobra vigor de voz y se eleva sobre la página impresa llegando a cada lector y a los hogares en su totalidad para exclamar: ¡Feliz Año Nuevo!

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