Civilización y barbarie

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Suele afirmarse que “la educación es la puerta de oro que conduce a la libertad”, al ser considerada como el arma más poderosa para cambiar el mundo, o mejor dicho, para cambiar a los seres humanos que habrán de modificar el mundo, tal como la concebían Nelson Mandela y George Washington, reflejando perfectamente la importancia transformadora de la adquisición de conocimientos.

En los países donde se la ubica en un alto pedestal que confirma el elevado criterio de valoración, vemos los resultados modificadores de esa sociedad que ha sido partícipe y receptora de la educación en las aulas. A un nivel primario completo se le anexó también la obligatoriedad del secundario que no siempre se cumple porque la deserción, por diversas circunstancias, cercena la posibilidad de los jóvenes.

Quienes hemos hecho el mundo escolar una fuente de trabajo encarada como ferviente vocación, sabemos cuánta verdad encierran los paradigmas de Mandela y de Washington. “Civilización y barbarie”, el libro de Domingo Faustino Sarmiento, nos ubica en las dos veredas conceptuales, entendiendo a la clase ilustrada como oposición frente al obstáculo de la barbarie del pueblo inculto. A lo largo del texto, «la civilización se manifiesta mediante Europa, Norteamérica, las ciudades, los unitarios, el general Paz y Rivadavia», mientras que «la barbarie se identifica con América Latina, España, Asia, Oriente Medio, el campo, los federales, Facundo y Rosas». Es por esta razón que el libro influyó hondamente en la visión de una realidad fragmentada, «al proponer el diálogo entre la civilización y la barbarie como el conflicto primordial en la cultura latinoamericana, el texto le dio forma a una polémica que comenzó en el periodo colonial y continúa hasta el presente».

Suponemos – o estamos convencidos- de que la educación, además del conocimiento con que adorna al ser humano, también lo surte con la autorreflexión, la responsabilidad, la toma de conciencia para su inserción en la historia, la adquisición de los valores éticos, el hecho de dejar de ser espectadores para convertirse en actores preponderantes con una destacada valoración del pensamiento.

Pero… ¡qué paradoja! Vemos en la sociedad del presente a seres humanos con títulos universitarios que precisamente huyen de la responsabilidad bien entendida; profesionales que desconocen la ética donde la honestidad debiera ser un baluarte; hombres y mujeres con títulos que dejan de ser espectadores para trocarse en protagonistas sí, pero de hechos de corrupción manifiesta; acomodaticios a la circunstancia que pueda beneficiarlos, aunque deban vender su alma al mejor postor.

Acude entonces a mi memoria gente humilde del pueblo natal, padres de mis alumnos, criollos que quizás apenas sabían estampar con torpeza su firma junto a la mía en el boletín de calificaciones y no obstante, tan respetuosos y reconocidos ante la figura de la maestra. O la figura de mi padre lector, autodidacta, minucioso y culto en su vocabulario, ejemplo de virtudes que trasladó a sus hijos… La comparación surge, inevitablemente, sin que por ello reniegue de mi concepto sobre la importancia de la educación, según Nelson Mandela y tantos otros.

¿Y por qué emerge esta reflexión? Hoy, 4 de febrero, ante la dolorosa noticia del fallecimiento del Dr. Claudio Bonadío, leo las expresiones vertidas por altos ejemplares de la política nacional y del mundo de la justicia: “La muerte le sienta bien”; “Que haya muerto no significa que pasó a ser bueno”; “La alegría manifiesta de los imputados…”(expresado en Twitter y tantas otras redes). Es decir, festejan.

Y entonces, sin renegar de mi amor por la profesión docente pero obviando a Mandela, Sarmiento y Washington, recuerdo un cartel simple de una escuelita lejana: “Señores padres: La escuela instruye; la familia Educa”.

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