REP 135 – Inocencia de juventud (Parte III)

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Resumen del libro: «Apuntes para la historia de Sunchales», de Basilio M. Donato.

Jugábamos a la guerra ruso – japonesa (años 1902-1904). Nadie quería ser ruso, por consiguiente debíamos sortear el bando. Desde ciertas distancias, dispuestos los combatientes, nos arrojábamos proyectiles de barro endurecido sacado de las calles, hasta que en una de esas, dábamos contra el vidrio de una ventana, siendo entonces causa de una total dispersión de los improvisados ejércitos.

Contra las barras y contra estas grescas callejeras, el comisario, Tomás Ríos, enviaba al sargento «pata de palo» (llamado así por tener una pierna de palo, pierna que perdió en la guerra del Paraguay) para dispersarnos, pero era tal el miedo que le teníamos que, al divisarlo nomás desde lejos montado en su caballo, ya nos habíamos hecho humo.

Elea, Omar y Enid Cunibertti (Libro del cincuentenario de Sunchales, 1936).

Pero en 1907 apareció el fútbol, introducido en Sunchales por un alto empleado del ferrocarril, de origen inglés. Pronto aprendimos la técnica en forma incipiente y las cosas cambiaron. Lejos de buscarnos para pelear, lo hacíamos, confraternizando para componer dos equipos improvisados. A cara y cruz elegíamos a los jugadores para ocupar las distintas líneas y con pelotitas de goma, o de trapo y en ciertas oportunidades con vejigas de vaca llenas con aire, dábamos rienda suelta a nuestro entusiasmo procurando hacer la mayor cantidad de goles.

Y cosa curiosa, el juego del fútbol hizo que los muchachos se acercaran más amistosamente unos a los otros, se sintieran más compañeros y se comenzara a practicar la unión, la cooperación y se desarrollara un principio de asociación y si las barras existieron, fue con el nombre de clubes de vecindad, prestos a jugar amistosamente en un ambiente de alegría, pues desde la una de la tarde, hasta el anochecer, habíamos puesto una respetable cantidad de goles por ambas partes en cada partido.

Antes de terminar esta parte de mis recuerdos, brevemente relatados, deseo mencionar a algunos de mis condiscípulos habidos en la escuela del estado y la particular de Don Eugenio Torre.

Ellos fueron: Felipe Marquínez, fundador y director de El Comercio, semanario informativo de las actividades del pueblo; Arturo y Leónidas Gallo Montrul; Juan Porta, Napoleón y Juan Monteferrario; Gustavo Kaiser, hijo del molinero de Boero y Juan Kaiser; Patricio Zamboni; S. Pachioretti; Manuel Armatti; Marcelo Frencia; Ermido Moggio; hermanos Montini; hermanos Foglia; Luis, Pedro y una hermana Sala; Alfonso, Pedro y José Corbat; Francisco y Juan Giraudo, cooperativistas del tambo; Franco Garramuño, hijo de un comisario que fue asesinado en un hotel frente a la estación; Francisco y Pedro Montemurri, ambos comerciantes; Ulises Cardoso, que fue cajero del Banco de la Nación en Sunchales; Joaquín Cipolatti, padre del corredor de autos (Chente); Carlos Ramella; José y Andrés Maccario; Armando Virarelli; Faustino Legón, recibido de abogado, diplomático argentino en la embajada del Perú; José Zerritella; Pastor Bobbio, abanderado de la escuela por ser alumno modelo; hermanos Rosso, hijos del herrero Don Victorio; Paco Rodríguez; Francisco Zelada; J. Bertone y L. Moroni.

De las niñas recuerdo a las hermanas Charovsky; Marta Ramella; Ludovica Baldovino, monja de las Hermanas Santa Marta y Directora del Colegio Religioso en Pilar; Filomena Zerritella; Rosa Giraudo; Elisa Cecchini; Bruna Branchini; Norina Bertoldi y lamento haber olvidado muchos nombres más, debido a mis largas ausencias de Sunchales.

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