REP 136 – Ser maestro, todo un desafío

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Resumen del libro: «Apuntes para la historia de Sunchales», de Basilio M. Donato.

Recién recibido en la Escuela Normal Mixta de Esperanza la misión de educar e instruir a la niñez, me pareció hermosa como la describe la poetisa Gabriela Mistral. Ignoraba que, entre la fantasía del bien elevado hasta lo sublime por inspiración de las musas y la dura realidad que se le presenta después en la vida docente, había un páramo cubierto de amarguras sobre el cual andábamos desorientados.

Lo que creí una honrosa distinción por mi título, se trocó por una indiferencia de cuanta persona de mis relaciones me rodeaba: ¡Bah, un maestro! ¿Qué sentido tenían estas palabras? No podía imaginarme fuere el fruto del desprecio, porque tanto el niño como el adulto siempre recuerda con cariño a quien lo educó. ¡Bah, ser maestro! Eran resabios de épocas pasadas; del educador que, a través de la historia de la humanidad fue el esclavo que educaba al hijo del patricio romano, el humilde monje que instruía al hijo del rey, el «Maestro Ciruela» pobre y de harapos…

Personal directivo y docente de la Escuela Técnica, circa 1965 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

Los cargos de la docencia, ante todo, eran partidas de presupuesto con destino a los amigos del gobierno. Yo mismo recibí mi nombramiento de maestro en marzo de 1917 para la escuela N° 379 de Sunchales, sin haber solicitado dicho cargo. Un político amigo mío lo consiguió sin consultarme. A cada cambio de gobierno en la repartija de puestos públicos, caían muchos maestros y subían otros.

Traslados y cesantías para los calificados de opositores al partido aunque no dieren noticias de sus preferencias; nombramientos y ascensos, conformes con el poder de las «cuñas» puestas en juego. Además los sueldos eran tan precarios que en el año de mi iniciación, las remuneraciones consistían en $ 114 para maestro de grado y $ 68 para los ayudantes, lo suficiente para comer o pagar la pensión de $ 30 mensuales y había que cuidar mucho el único traje que detentaban.

Se agravaba la situación por los atrasos en los pagos de las remuneraciones que cada uno recibía (hasta 18 y 22 meses según los lugares) y como consecuencia de estos atrasos, el maestro extremadamente necesitado caía en manos de los usureros, los cuales le anticipaban un mes de los atrasados mediante un descuento del 25%. Y lo más desconcertante era que los financistas estaban robustecidos por los mismos gobernadores.

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