La historia de los carnavales sunchalenses – Parte I

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La historia de los Carnavales y Sunchales mantiene una fuerte relación ya que han transitado largas décadas de la mano. Largas jornadas de preparativos se vivían en prácticamente cada rincón de la incipiente población. Con un ritmo especial, en horas de la tarde por la falta de adecuada iluminación nocturna, con bailes posteriores y con una alegría que se extendía a poblaciones de la región, los corsos sunchalenses fueron referencia durante mucho tiempo.

Esta es parte de su historia, la cual pretendemos compartir con ustedes a lo largo de distintas entregas:

Carroza «Pagoda», año 1921 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

Cuenta la historia sunchalense que los carnavales se iniciaron por el año 1917. Como no había luz eléctrica, se llevaban a cabo por la tarde, antes de la caída del sol. Una de las carrozas que la memoria de un testigo certificó fue la de un barco, construido por los empleados de la casa Ripamonti y un dirigible preparado por jóvenes entusiastas. Todas se hallaban asentadas sobre chatas tiradas por caballos. En 1921, una pagoda realizada con buen gusto era acompañada por Saturnino Marquínez, Carlos Frencia, José Soldano, Luis Cagliero y Tulio Brunel.

Un canasto de flores fue el tema de otra carroza; las señoritas que lo acompañaban lucían trajes de fantasía y altos bonetes. Era puntual la volantita de Antonio Rodríguez, gracioso vehículo por su pequeñez, que portaba en su interior a niños disfrazados. Los carros estaban adornados con flores y moños de papel; la gente iba caminando plácidamente a los costados. Las damas se sentaban en los autos con las capotas bajas, muchas disfrazadas con trajes de tarlatán brillante.

El conjunto musical «Los monos de Taborda» era humorístico y participó en los corsos de 1923; recordaba al personaje que aparecía en el diario Crítica. «La conquista de Cleopatra» y «Marco Antonio» fueron dos carrozas de 1926. En los corsos de 1930 obtuvo premio del grupo de damas que conformaron «Pastoras Francesas»: Delia Sousa, Ema Rotania, Luisa Sousa, Romilda Rotania, Matilde Luvino, Inés Taotti y Juan Arbaitman.

Murga «Los Monos de Taborda», año 1923 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

La colombina, el pierrot, el arlequín, el payaso y el diablo, constituían personajes infalibles de los corsos. Las serpentinas eran arrojadas desde los coches; de vez en cuando, los vehículos debían parar para quitarlas de las ruedas. Blanca Borelli fue la diseñadora de «El Cisne», otra carroza bellísima que llevaba en su interior hermosas niñas ataviadas para el momento.

Fue habitual la instalación de palcos dentro del radio donde se llevaba a cabo el desfile de carrozas. Los mismos consistían en un armazón de madera, revestidos de tela, casi siempre cretona, adornada con flores, guirnaldas y otros elementos decorativos. Allí se instalaban las familias o personas que los construían. El cine «Moderno», ubicado en la esquina de avenida Independencia, también preparaba uno para sus clientes. Finalizado el corso se quemaba el Dios Momo y posteriormente comenzaban los bailes en las salas de los cines «Moderno» y «Plaza» (hoy «Amigos del Arte»). Eran comunes y numerosas las máscaras que se presentaban en los mismos.

Automóvil con botella marca «Fags» (Gentileza Club Atlético Unión).

También existía el hábito de los «corsos de flores» (martes y domingos al atardecer). Ramilletes, en especial los blancos y perfumados nardos, se arrojaban desde los coches, todo acompañado por las sonrisas, los gestos amables y según a quien, por un lindo piropo. Claro que estos festejos dependían del tiempo, puesto que si había barro, era imposible que se celebraran, circunstancia que no deja de tener vigencia a pesar del asfalto. Lo que sí ha cambiado -por razones económicas o la falta de tiempo, quizás- ha sido la preparación de carrozas que contemplaban la tradición del desfile carnestolendo desde sus orígenes.

(Fuente: Libro 125 años de Sunchales).

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