Vacaciones en cualquier lugar

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Vacaciones, descanso, solaz, asueto, varios son los nombres con que mencionamos el merecido respiro que nos debemos al cabo de un año de intensa labor. Para los trabajadores con relación de dependencia, es un derecho inalienable contemplado por normativas establecidas que protegen la salud de los empleados. Varias décadas atrás eran impensadas las vacaciones, excepto las escolares, que ponían el receso en época estival para nosotros y tiempo de invierno para lugares australes de intensas nevadas que acarrean contratiempos para la asistencia a clase de los alumnos.

Esos tres meses para los niños y adolescentes suponían cambios de hábitos para el sueño, las actividades, los juegos, o el regreso a casa si se cursaban estudios en otras ciudades. Y punto. La niñez y la juventud no pedían nada más que eso y el comienzo para reanudar el período de clases en marzo era esperado con ansias.

Largas horas de siesta; más largas aún las charlas con amigas después de los meses de separación, quizás algún deporte en el club local y abundantes cuotas de lectura porque la biblioteca del pueblo se hallaba muy bien nutrida para satisfacer el apetito, la avidez con que acudíamos a cambiar biografías, novelas, textos de autores clásicos y demás incursiones en otra literatura inclinada hacia la pedagogía.

El turismo aún no se hallaba en su apogeo como en la actualidad. Las familias más acomodadas y con automóvil propio incursionaban, preferentemente, en las sierras de Córdoba. Quizás algunas cruzaban más kilómetros y se aventuraban hasta las playas del Atlántico, pero eran pocas. El descanso reparador se desarrollaba impregnando nuestro cuerpo y el espíritu de energías para comenzar con énfasis una nueva etapa de nuestras vidas activas, preparándonos para el futuro con un título académico que nos ayudaría a enfrentar el mañana.

“El descanso cura, pero los gurúes de la autoayuda aconsejan solucionar los problemas del regreso”, afirma un artículo impreso en estos días. “Se trata de un período clave para barajar y dar de nuevo. ¿Conviene usarlas para resolver conflictos? ¿O es depositar en ellas muchas expectativas?”. «El cerebro humano está más preparado para la alarma y para el cuidado que para el disfrute y el placer”. “El estrés fagocita a los argentinos”, afirman otros “entendidos” en la materia.

Entonces, aquellos que no tuvimos en nuestra infancia y juventud la posibilidad de viajar, conocer geografías distintas, desconectarnos, ¿hemos crecido con traumas? Por supuesto que no. La posibilidad de recorrer el país en estos tiempos presupone un gozo más íntimo; nutrimos el conocimiento, las imágenes, la comunicación, los sentidos, todos en una amplitud que debe originarnos satisfacción y agradecimiento.

Y si la vida no nos da la posibilidad de tener el mapa de la patria en la memoria (o el globo terráqueo), con su variedad policroma y sus riquezas valorables, quizás el jardín de nuestra casa necesitaba en verano de esa mano artística con que una mujer puede adornarlo y ese “paisaje particular” nos acompañará todo el año como fruto de nuestra dedicación amorosa. O las piletas locales. O la pintura de las paredes y el arreglo de nuestra vivienda, tantas otras opciones que signifiquen “cambio” para poder gozarlo.

Cada uno tendrá las vacaciones que pueda y que es capaz de fabricarse. Pero seguramente el descanso será exclusivo, intransferible, personal y de abundante riqueza íntima. En cualquier lugar.

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