REP 141 – Regreso al magisterio (Parte I)

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Resumen del libro: «Apuntes para la historia de Sunchales», de Basilio M. Donato.

Volví a la escuela provincial después de dos años de ausencia, motivados por la huelga, de una manera rara si se quiere. Pedí por nota mi reincorporación, olvidándome de firmarla. No obstante, este detalle de importancia, recibí mi nombramiento en cuyo sobre venía incluida la mencionada nota, con la recomendación de firmarla.

Actuaba en carácter de Director de la escuela el Sr. Rubén E. D’Agnilo, docente sin título, pero dedicado desde años a la enseñanza, de manera que traía un buen caudal de experiencias tanto en el orden técnico, como en el administrativo.

Me confió la dirección del séptimo grado, de reciente creación, por el Plan Borruat, con muy pocos alumnos, cinco en total. Fueron ellos: Pedro Hall, único varón, Sofía Espíndola, Ceferina Smidberg, A. Miracca y Luisa Volpe.

Alumnos y maestras de 1° Grado Sup. «B», turno mañana, de la Escuela N° 379 «Florentino Ameghino», año 1952. Entre ellos se encuentran: Raquel Ré, J. C. Stricker, Osvaldo Borgogno, Ana María Rosso, Norberto Lavio, María Luisa Benossi, Enzo Garrone, Alicia Riboldi, Victor Hugo Sartini, Susana Michelino, Rogelio Danna, Edelmar Cipolatti, Dante Bal Kenedy, Abel Druvetta, Julio César Stricker, Ana Esther Salusso, María Ester Remondino, Silvia Rossine, O. Ochat, Nestor Burbera. Procedencia: Srta. Susana Michelino (Museo y Archivo Histórico Municipal).

Esta situación precaria de pocos alumnos en los grados superiores, era motivada por el concepto general de los padres, los cuales, pensaban más en darles un oficio a su hijo, antes que una profesión universitaria o un título de menor cuantía. Esa propensión duró varios años, hasta que, por ciertas leyes de trabajo o de capacidad para actuar en negocios de importancia, se exigió el ciclo completo, o sea, certificado de sexto grado.

Rubén E. D’Agnilo, más que un superior, era un compañero del maestro, poco afecto a la enseñanza mecanizada, excesivamente enciclopedista que nutría el intelecto en perjuicio de la parte utilitaria o práctica que era el fin del aprendizaje, o sea, capacitar al niño para saber desenvolverse con eficacia en el medio en que vive, antes que un teórico propenso al empleo, sin espíritu de iniciativa.

Aproveché esta inclinación del Sr. D’Agnilo para proponerle en el segundo año de un nuevo séptimo grado, me dejara obrar libremente con mi pequeño grupo de niños: Aquilino Manera, Alfredo Boneto, Leandro Spesso, Líbero Molinari y Olga Tomasso, sin las exigencias rutinarias de un programa analítico, con temas rebuscados, que no guardaban ninguna relación entre sí, permitiéndome realizar un proceso de asociación y de correlación de asuntos conforme al programa, comprometiéndome a cumplir con todos sus puntos, en lo fundamental menos en los que, en la práctica, no se usaban ya.

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