REP 143 – Regreso al magisterio (Parte III)

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Resumen del libro: «Apuntes para la historia de Sunchales», de Basilio M. Donato.

De antemano le había solicitado a mi proveedor de verduras, Don José Goren, encargara junto con su pedido de naranjas, unas cañas de azúcar.

Las regaló a los alumnos de séptimo año y con ellas, seguimos el proceso de elaboración del azúcar. El trapiche lo sustituimos por un mortero y la tinaja de decantación y evaporación por un plato hondo. De paso íbamos dando los nombres apropiados científicamente: bagazo, melaza, el «vacuum» de deshidratación, el blanqueo y el refinamiento. El proceso duró dos meses, cuidándolo diariamente y cuando notamos que la melaza en el plato había adquirido consistencia, se molió una parte y otra se dejó en terrones. Salió un poco negruzco, pero les manifesté a los alumnos que el color moreno del azúcar se debía a la corteza de la caña y no a la tierra o suciedad.

Luego, fabricamos jabón, que dio un resultado inesperado. Salió muy bueno. De «chiripa» dijo Spesso, eternamente desconfiado. Este trabajo práctico dio origen a una monografía bastante extensa que solamente Manera y Bonetto la cumplieron de un modo satisfactorio, bien ilustrado y con etiquetas de los jabones de tocador más finos.

Spesso, quiso probar hacer jabón en su casa conforme con el procedimiento visto en la escuela y la receta escrita en su cuaderno y la madre lo mandó al almacén a comprar una barra, pues el de su hijo dejaba la grasa en las manos; ¡Le erré a la lejía!, me explicó después. Le había puesto poca soda cáustica, por espíritu ahorrista.

Alumnos y maestra de 2° grado B, turno mañana, de la Escuela N° 379 «Florentino Ameghino», año 1953. Procedencia: Srta. Susana Michelino. Autor: Foto «Chiclana», Mar del Plata (Museo y Archivo Histórico Municipal).

Los alumnos de 6° año que pasaron al 7° al curso siguiente, quisieron imitar a sus anteriores compañeros y montaron una fábrica de jabón frente al taller de trabajos manuales, construyendo una enramada para protegerse del sol con troncos y ramas de paraíso, colocándole un letrero que decía: Fábrica de jabón «Florentino Ameghino». Eran dirigentes en esta fábrica, Jaime Gil y Ernesto Carabelli.

Una tarde, mientras Jaime Gil, con una larga espátula removía la mezcla, echándole de vez en cuando lejía al cebo, las llamas del hogar prendieron fuego al ramaje, Gil en vez de apagar el incendio, abandonó todo y se vino corriendo a avisarme que la fábrica se quemaba. No pudimos salvar nada, ni la espátula, ni el letrero; se salvó el techo con bastantes deterioros…

Aproveché la ocasión para hablar sobre seguro contra incendio y de paso solicitábamos un concordato con nuestro acreedor, el carnicero Don Bernardo Braunstein, le debíamos el cebo. Don Bernardo, nos condonó la deuda.

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