Redes sociales

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(Por: Héctor «Etín» Ponce) – Secretario General de la Asociación de la Industria Lechera de la República Argentina, Atilra. “Dentro de la tabla de usos y costumbres de organismos públicos y privados, entidades educativas, deportivas, sociales, empresariales, sindicales, etc., existen herramientas que son consideradas fundamentales en estos acelerados tiempos que transcurren, y una de esas herramientas es la comunicación”…

No tengo nada en contra al respecto, ya que pienso que la misma es un formidable instrumento para generar puentes de conectividad entre las conducciones de esos organismos o entidades y su membresía y también para hacerlo con el resto de los integrantes de la comunidad en general en un ejercicio de ida y vuelta.

Sin embargo, también pienso que algunos métodos de comunicación pueden utilizarse, qué duda cabe, como propaganda de desprestigio, difamación y en muchas ocasiones se manipulan para convertirlos en mecanismos de desestabilización.

Esto ya ocurría con los métodos de comunicación tradicionales, pero lo que contribuyó a generalizar la mala fe reinante fue, sin dudas, el advenimiento de las redes sociales; una deidad que apareció en el Olimpo posmodernista al que comenzaron a acudir mediocres feligreses de todo el mundo y de todas las condiciones habidas y por haber.

Manejadas por gente talentosa y noble, que tenga la capacidad de justipreciar el mérito ajeno y que no reniegue de él, es agua clara de manantial, pero he conocido gente mal avenida y de dudosa reputación moral e intelectual, que supo valerse de las redes sociales para promocionarse descalificando gratuitamente a quienes hacen algo por los demás, a quienes contribuyen a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes.

También hay quienes en las redes sociales describen el correlato de sus importantes actividades: “voy a entrar al ñoba”, “yendo al super” o “ingreso al gym”.

Qué quiere que le diga, no me los imagino a Aristóteles, Sócrates, Platón, Nietzsche, Descartes, Confucio, Copérnico o Kant escribiendo vulgaridades para ver si logran concitar la atención de la gilada.

¿Cree usted que podríamos leer en el face de Sócrates “hoy no salí de Atenas, estoy enfrascado en un estudio sobre filosofía moral, atrás quedó la guerra del Peloponeso y no sé por qué, pero creo que tengo un alumnito que va a dar que hablar, se llama Platón y ojalá no me equivoque”?

Tampoco imagino al padre fundador de la lógica y de la biología, Aristóteles, anunciando desde una red social: “Estoy escribiendo uno de los tratados que seguramente en el futuro transformará muchas de las áreas del conocimiento. Les aviso que el rey Filipo II de Macedonia me encomendó la formación de su hijo. Por la edad que tiene me parece que es bastante zarpado el chabón, le dirán Alejandro Magno y por la ambición que veo que tiene quizás el día de mañana, quién te dice, puede llegar a ser alguien”.

O lo que resultaría más excéntrico aún, al mismísimo Copérnico twitteando: “¡¡¡aguante la teoría heliocéntrica… aguante!!!”.

O mucho más acá en el tiempo a Nietzsche informándonos desde Prusia por Instagram: “no me molesten, estoy meditando… Dios ha muerto”.

¡Cómo hemos retrocedido en el pensamiento, en la cultura y en la educación!

Hoy las redes sociales se utilizan para difamar e injuriar. Es muy raro encontrar a través de las mismas alternativas constructivas, superadoras.

La utilizan mayormente quienes mediante la grandilocuencia quieren hacerse notar. No tienen ni idea el sacrificio que significa construir, lo azaroso que resulta transitar el camino para dejar alguna huella por la que otros puedan caminar.

Cacarean desde las redes para ser escuchados, para lograr un protagonismo que desde la virtud les es negado.

La crítica constructiva se susurra al oído. La hace pública quien busca salir de la oscuridad en la que la o lo sumergió su propia mediocridad.

Hoy esa posibilidad ha sido potenciada con el advenimiento y el auge de las redes sociales, donde todas y todos podemos decir de todo. ¿Pero de todo, eh?

No leo lo que se escribe en las redes, excepto lo que escriben quienes considero que tienen aptitud, formación y capacidad intelectual para hacerlo decentemente, piensen como piensen. La cuestión no es coincidir en todo, la cuestión es coincidir o disentir con un adecuado nivel de tolerancia.

Hay personas que escriben o hablan porque tienen la necesidad de sentirse protagonistas, aunque sea por un ratito.

Sueñan que los leen mentes brillantes, que los aluden grandes pensadores, que sus dichos serán materia de consulta de generaciones futuras. Entonces se dedican a criticar ferozmente, se sienten una especie de jueces impolutos de la humanidad, adalides de la justicia. Sentencian con obtusa ignorancia e inocultables encono y malicia que es lo que está bien y que es lo que está mal.

Ahora, si usted los analiza se dará cuenta que estos hombres o estas mujeres no hicieron nada importante en sus vidas como para ser tenidos en cuenta.

Difícilmente un lenguaraz haya hecho mérito u obra similar a la creada por el espíritu al que difama.

Estas críticas suelen convertirse en despiadadas agresiones, en provocaciones.

No se debe reaccionar ante la afrenta de corazones menguados, la envidia, el resentimiento, el odio y la estulticia son enfermedades autoinmunes crónicas del alma, no tienen cura y moran en espíritus oscuros, corresponde entonces aislarlos para que se tornen asépticas y hagan el menor daño posible. Quienes tienen conciencia del mérito no necesitan hablar mal de nadie para promocionarse.

Al fin de cuentas uno concluye en que las redes sociales son un medio importante solo si quienes las utilizan tienen talento, pero sobre todo si son buenas personas.

Aquellas y aquellos que están abocados a la difícil e ímproba tarea de crear y construir, de esparcir semillas y de plantar árboles, seguramente comulgarán con un viejo apotegma: “Hay que construir en silencio, por aquello de que el silencio de las buenas personas hace más ruido que el grito de las que no lo son”.

Definitivamente creo que las redes sociales son una especie de letrina colectiva donde los usuarios evacúan sus necesidades “literarias”.

La comparación no es antojadiza si consideramos que tanto en la letrina como en las redes sociales lo que abunda es la mierda.

Conclusión: podemos ser usuarios o no, tanto del baño como de las redes sociales, pero créame, no por eso, debemos estar condenados a consumir mierda.

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