Nuestra identidad colectiva

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Mencionábamos el Día de la Escarapela dentro de las celebraciones de Mayo, uno de nuestros símbolos patrióticos que nos distinguen y llenan de orgullo cuando la portamos sobre nuestro pecho. El 18 de Mayo la luciremos ostentando sus colores para iniciar la conmemoración de la Histórica Semana de Mayo, aunque la sanción de las autoridades para fijar esta fecha haya ocurrido muchos años después y no precisamente en 1810.

Mayo nos convoca, decíamos, por la trascendencia de los actos que cambiaron nuestro destino. Mayo también reúne en el calendario varios recordatorios y ceremonias de festejos que, aunque no coincidan en el año, sí armonizan en un mes cuyo nombre tiene resonancias provenientes de los romanos, ya que representa un homenaje a los ancianos o protectores del pueblo porque deriva de la palabra latina “majorum”, que significa mayores.

Nuestra canción patria también tiene una promulgación de las autoridades de 1813 que lo declaró Himno Nacional Argentino. Ha sido la obra cumbre de Vicente López y Planes, además de Blas Parera. Nacido el primero en Buenos Aires, escritor, abogado y político, autor de su letra por pedido de la Asamblea. Escribió la letra de una Marcha Patriótica y acabó siendo el Himno Nacional Argentino. Era una marcha guerrera, cuya música compuso Blas Parera, español nacido en Murcia. Fue aprobada el 11 de mayo de 1813 pero había sido leída por primera vez en público durante la tertulia realizada el sábado 7 de mayo en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Desplazó a otra marcha patriótica, escrita por Esteban de Luca, que hubiera llegado a ser el Himno Nacional Argentino pero seleccionaron la de López, por considerar que esta última era más combativa.

La biografía del compositor español Blas Parera llegado en 1793 es conmovedora. Concertista, profesor de violín, piano y laúd, no dudó en ofrecerse como voluntario en las invasiones inglesas para defender su patria adoptiva. Precisamente un español que aceptó componer la música de la marcha donde se ponderaba el grito sagrado y la promesa de jurar con gloria morir frente al avasallamiento que se había sufrido durante el Virreinato dirigido por los españoles. Un compositor que regresó al suelo natal y la historia narra que sus huesos en España tuvieron como destino un osario común.

La primera canción tenía una duración de veinte minutos hasta que se abreviaron las estrofas. La versión que hoy entonamos es una reducción de la original, realizada por Pedro Esnaola en 1847. Un dato curioso pero no raro en nuestro país: la partitura original se había perdido. Algo que debió ser preservado como se preservan los “libros incunables”, aquellos que fueron impresos durante la “cuna de la imprenta”, porque son únicos e invalorables.

Estas fechas nos motivan para continuar hurgando en los laberintos de la historia y conocer así más profundamente momentos, decisiones y biografías de aquellos personajes determinantes en la constitución de nuestro patrimonio cultural, sensible y representativo. Conocerlo nos enriquece y predispone hacia la gratitud y la imitación de actitudes, grandes o pequeñas, pero destinadas al bien común. Entonar nuestro himno – cualquiera sea nuestra calidad vocal- nos transporta, porque es un símbolo de nuestra identidad colectiva. Más importante que la excelencia de la interpretación, será el sentimiento que pongamos en el canto.

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