Se despereza la ciudad

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Una pereza impuesta nos arrojó detrás de las puertas, inhibiéndonos para continuar con la rutina social y productiva que constituye nuestra esencia humana. La familia debió afrontar mecanismos de convivencia completa que puede haber sido disfrutada o implicó cambios radicales no siempre disciplinados.

La concientización sobre la necesidad de protegernos nos invadió a la gran mayoría de los argentinos. Los sunchalenses fuimos guiados y protegidos por normas sanitarias emanadas de la nación, la provincia, pero también con impronta local, algo que produjo envidia en los rafaelinos, según publicación de un proveedor que entró a la ciudad e hizo las comparaciones oportunas.

Lo cierto es que los mecanismos de la economía fueron tomando carriles paulatinos de normalidad. Paso a paso la vida comercial y productiva despertó para ubicarse en la línea de lo esencial y beneficiosa. Los comercios abiertos, las industrias que activan sus mecanismos, etc, para ir recuperando lentamente la imagen de ciudad activa y prolífica.

Pero… ¿las ventas, la producción de acuerdo a las demandas de productos, la gente interesada que circulaba anteriormente por las calles de Sunchales, en busca de elementos para satisfacer una necesidad? Escaso, todo muy escaso. La recesión ha llegado para instalarse, ya que se han perjudicado la oferta y la demanda, especialmente la última.

Nuestros padres y abuelos comentaban los alcances nocivos de la famosa “crisis del año 30”, aquella que originara el texto de la ranchera “¿Dónde hay un mango, viejo?”, con letra Ivo Pelay y música de Francisco Canaro. Mi abuelo materno, inmigrante italiano, debió cerrar su negocio de Ramos Generales en el pueblo y el hecho lo marcó definitivamente. Sus crudos y frecuentes relatos desandaban el tiempo y acabaron siendo nítidos en nuestra mente niña.

Publicaba en aquella época el diario Crítica: “La crisis es aplastante, terrible. Un sentimiento de depresión moral le sucede, notándose una paralización absoluta de las iniciativas comerciales e industriales que deben contarse tanto como las quiebras innúmeras que se producen, la deserción de capitales, la desocupación obrera…». Aunque en aquellos años no fue precisamente una pandemia la causante, también la similitud entre los países nos hermanó.

Lo cierto es que hoy nos conmueve y alegra ver la recuperación de esta ciudad que construimos entre todos. Aunque sea paulatina, esperamos ilusionados que vuelva a latir con el mismo pulso dinámico y fructífero, sintiendo que hemos sido – y continuamos siendo- molécula participante de su florecer.

Olvidemos los días de confinamiento. Nos sacudimos la rutina y nos desperezamos quitando la inercia obligada. Somos habitantes emprendedores, eficientes, prácticos y entusiastas; lo proclama nuestra historia colectiva. Caminaremos por este tiempo de lentitud para la reactivación, pero estamos sanos y acreditamos los tesoros de la energía y la confianza.

Mientras tanto, los “adultos mayores” (en una franja tan, tan dilatada que va desde los 60 hasta 90 y más aún), seremos los rezagados, los últimos en el calendario de retorno para la flexibilización. “Nos están cuidando”, ello no implica desazón, inactividad o hastío. Todo depende de nuestro enfoque personal, intereses y la utilidad que sepamos imprimir a nuestra vida.

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