El día había llegado

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Antes del acto cívico en la plaza, se participaba del Tedeum en la parroquia.

Generalmente la mañana de cada mayo se presentaba más que fresca pero el guardapolvo impecable, almidonado y luciente de blancura, era la prenda que se lucía libre de sacos sobrepuestos. No era época de pantalones, así que apenas unas medias tres cuartos y la pollera para añadir al pulóver seguramente surgido de laboriosas manos maternales.

La escarapela, mariposa azul y blanca sobre el pecho, proclamaba nuestra orgullosa argentinidad. La misma escarapela que habíamos comenzado a lucir el 18 de Mayo, fecha para conmemorar y honrarla. Camino a la escuela, desde la calle cercana ya alcanzábamos a divisar el pabellón nacional en el frente, seguramente izado por el portero desde muy temprano.

El edificio lucía sus galas festivas y para nuestros ojos niños, todo su esplendor. Los pizarrones de las aulas y el de la galería, dedicado expresamente a las efemérides, recordaban y destacaban las fechas y los acontecimientos de la Semana de Mayo. El viernes 18 el virrey Cisneros había hecho leer por los pregoneros (porque la mayoría de la población no sabía leer ni escribir) una proclama donde informaba que se había perdido la península hispánica en manos de los franceses. El sábado 19, conocíamos el pedido de convocar a un Cabildo Abierto, después de una noche de intensas reuniones. El domingo 20, cuando el virrey Cisneros reunió a los jefes militares y les pidió su apoyo ante una posible rebelión, pero todos se rehusaron a brindárselo. El lunes 21, con la interrumpida reunión en el Cabildo.

Y luego, el martes 22 como prólogo de lo que vendría, con 251 concurrentes en el histórico Cabildo Abierto, protagonistas de un debate acalorado y entusiasta. El miércoles 23, recuento de votos y la decisión de que el Virrey debía cesar y se formaría una Junta que, lamentablemente, seguía conteniendo españoles, según se confirmó el jueves 24. El pueblo y las milicias reaccionaron y finalmente el Virrey renunció. Frente al Cabildo, esperaban definiciones aquel viernes 25. Frío, llovizna, pero cálidos los ánimos. Finalmente, se conocieron los nueve nombres de la Primera Junta, con Cornelio Saavedra a la cabeza. Comenzaba a escribirse una historia que no sería sencilla, pero sí, nuestra.

Lecturas, láminas, pizarrones, la voz de la maestra con su narración histórica, todo quedaba grabado en nuestra memoria y en nuestros corazones con la vehemencia del sentimiento patriótico. Y después de releer esas páginas que eran de pizarra y tiza pero grabadas a fuego, recibíamos sendas banderas de papel para agitarlas con unción y júbilo mientras formábamos fila para nuestro paso hacia el tedeum en el templo del pueblo. El día había llegado.

Al frente, la plaza. Ornamentada y pletórica de azules y blancos. Las aves en el abundante follaje detenían un momento sus gorjeos, expectantes. En el centro, junto al mástil, el palco móvil y de maderas también celestes donde subían las autoridades junto a la directora de la escuela. El izamiento, los acordes, todo el ritual cívico para que las palabras y el homenaje completaran la jornada con el pueblo que veneraba la fecha magna. Y allí, el micrófono y un desafío inaugural. El poema de primer grado, con mi emoción estrenada.

Inolvidable momento. Inolvidables los datos cronológicos y las acciones de los preclaros Hombres de Mayo. Eterna en la memoria la sensación de aquellos días, gozados a pleno y con total identificación. ¿Los sentirán así los niños de hoy? Lo cierto es que nos consideramos afortunados por aquellas vivencias que experimentamos, capaces de atravesar la temporalidad y acompañarnos tan nítidas hasta el presente.

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