Cuarententa / Anticuarentena

123

“La cuarentena, en medicina, describe el aislamiento de personas o animales durante un período de tiempo como método para evitar o limitar el riesgo de que se extienda una enfermedad o una plaga. La cuarentena por lo general se aplica a personas que son mayores de edad o que tienen síntomas, y consiste no solamente en el aislamiento de los enfermos en centros específicos, sino también la aplicación de medidas de prevención como el saneamiento de lugares y objetos o el tratamiento adecuado de los cadáveres”.

Los 14 días de prevención para el coronavirus pasaron a denominarse Cuarentena por su objetivo y no por su duración. Algunos países más disciplinados y activos implementaron este aislamiento desde un primer momento, con la lógica consecuencia de resultar victoriosos con mayor celeridad. Otros asombraron al mundo con su desaprensión, a pesar de ser considerados potencias dentro del concierto de naciones, como es el caso de Estados Unidos.

“Priorizar la salud antes que la economía”, fue la consigna. Y comenzaron los protocolos, así como los controles rigurosos. Pero el tiempo previsto fue dilatándose conforme a los resultados de contagiados y víctimas. La economía, que no aparecía como preponderante o prioritaria, comenzó a proclamar de viva voz la influencia nefasta en el desenvolvimiento del trabajo, el comercio, las necesidades básicas de cada familia argentina. Esas que no han acumulado fortunas y dependen de la acción diaria para la subsistencia.

Los periodistas salen a la calle para sentir el pulso de los comerciantes y público en general, cosechando testimonios desgarradores. Los comercios, grandes o pequeños, que ostentan una tradición familiar mantenida con el esfuerzo y el entusiasmo, el compromiso y la eficiencia de los herederos, presentan una ausencia total de ingresos. “Me resguardan pero me ahorcan”, fue la respuesta en alguno de los casos.

Ahora bien, con el derecho que les otorga la democracia, de “peticionar y reclamar antes las autoridades”, ganan la calle sin armas, mostrando carteles, cantando el himno nacional, insistiendo con una presencia firme y colectiva que los fortalece, aunque no es consuelo comprobar que muchos son los que padecen en idéntica sintonía.

No destrozan una plaza, no rompen una fuente, no disparan morteros, no escriben el Cabildo transformándolo en un mamarracho, no se recuestan vergonzosamente sobre la calle, no llevan carpas para provocar la osadía de la duración, no comen ni siembran los desperdicios a propósito para convertir el centro en un estercolero, como era habitual entre los que pedían intervención del Estado para seguir gozando de sus beneficios sin nada a cambio.

En estas manifestaciones actuales se proclama un único anhelo como objetivo: TRABAJAR. Mantener la fuente de trabajo que los honra y los convierte en hacedores del PBI (producto bruto interno) del país, porque cada mañana se levantan muy temprano para cumplir con su virtud laboriosa y de compromiso con su honor, su familia y con la patria provechosa. No piden beneficios ni favores. Solo quieren la dignidad del trabajo y poder enfrentar el futuro, cumpliendo seguramente con protocolos establecidos.

Son dos Argentinas diferentes expuestas en estas manifestaciones. Por eso, decir que son “actitudes desestabilizadoras” las adoptadas por quienes piden continuar con sus trabajos, no es real. Se les endilga que son Anticuarentena, los que no aceptan todas las normas impuestas por científicos y entendidos en la materia. Pero en realidad, son personas que obedecerán todos los protocoles que se les impongan, serán respetuosos de las directivas que preservan la salud, se comprometerán con las normas que les impongan, pero no soportan más integrar las listas de los pasivos y no facultados para llevar honestamente el sustento diario a su familia. Son almas abatidas y desconsoladas, en realidad. “No puedo parar de trabajar”, afirmaba la Madre Teresa de Calcuta, por energía propia. Lo mismo desean miles de argentinos dolientes, pero no depende de sus voluntades.

Comentarios