La oportunidad

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Foto: Matthew Rader (Unsplash).

Me convocan para escribir una columna en este espacio plurívoco y ante cada desafío reflexiono sobre el por qué se ha presentado, sin que me hubiera propuesto el objetivo. Acudo siempre a las palabras de otros, sabios en el arte de la reflexión, maestros en el poder de analizar, pero casi siempre termino con las palabras de Ernesto Sábato cuando en su libro “La Resistencia” dice. ”Ni el amor, ni los encuentros, ni siquiera los grandes desencuentros son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados…”

Llegó a mi casa Diego Rosso para realizar una entrevista. Hablamos casi cuatro horas de mi historia profesional, de mi recorrido por el mundo de la educación y al final de la charla me convocó para escribir, con libertad de opinión, los temas que yo eligiera. Nunca se me hubiera ocurrido, pero apareció en mi mente una palabra que celebro: “oportunidad”. Se estaba presentando una oportunidad para escribir desde el lugar que puedo hacerlo y que está acreditado por alguna trayectoria, algunas décadas vividas y un deseo casi ínfimo, pero no menos fuerte que el deseo de reflexionar con la palabra escrita, de transmitir, de compartir miradas…

Por eso acepté. Y aquí estoy, primeriza en una columna que me interpela y a quien le voy a responder que voy a hablar de la “oportunidad”. Según la Real Academia Española se trata de “… de lo que se presenta y actúa en el momento conveniente y ocasión favorable o conveniente”. Y ¿qué es la oportunidad sino lo que se presenta como un brazo extendido que invita y convoca, que hace guiños y gestos para ser alcanzada? No todos la vemos y aun viéndola, muchas veces la dejamos pasar. Sea por temor, sea por falta de intuición para captar la ocasión o tal vez por temor a salir de la “zona de confort” en la que creemos estar, la ignoramos, rechazamos el desafío y ella es tan dinámica que difícilmente regrese. De todos modos, la oportunidad no crece generosa en el mundo. En esa escasa oferta de oportunidades me detengo para reconocer que entre las necesidades básicas del ser humano debiéramos incluir las Oportunidades.

¡Cuántas veces vemos personas talentosas que no han tenido posibilidad de desarrollar aquello que llevaban en las fibras, tan solo porque no encontraron el puente tendido, el guiño amistoso, el gesto de ayuda o simplemente el encuentro con alguien que le sugiriera un camino!

¡Cuántas veces vemos cómo se aletargaron los deseos de superación de mujeres y hombres que solamente encontraron en el trayecto de su casa al trabajo, nada más que las huellas marcadas por ellos mismos, pero jamás, una señal que les advirtiera la presencia de otra vía.

Eso que llamo oportunidad, cuando es ofrecida, cuando se presenta como un camino, un instrumento, un llamado, abrirá un sendero nuevo o al menos encenderá la luz para ver que, si ella está ahí, es que confía en que podemos atraparla.

Esto fue lo que me pasó con el ofrecimiento de Diego Rosso y aquí estoy con la oportunidad en la mano, tratando de salir de la “zona de confort” y corroborando una vez más que los encuentros no son obra de las casualidades.

Creo profundamente en la necesidad de contar con un mar de oportunidades; ellas pueden cambiar un rumbo, un destino, una historia. De hecho, los estamentos de gobierno debieran ponerlas al alcance de todos, pero cualquiera de nosotros puede crear ese puente para que otros puedan asirlas, con una sugerencia, una pregunta que movilice, procurando un dato o simplemente estimulando a aceptar el desafío. Una oportunidad puede generar un impensado proyecto de vida que beneficia a quien la aprovechó, pero también a la comunidad que lo contiene.

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