Atrapar celestes y blancos

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La ciudad adquiere diversos semblantes, según las fechas del calendario. Su fisonomía se adapta con precisión a aniversarios y festejos según la agenda que marcan las efemérides y las crónicas de la historia que nos distingue.

Así la hemos visto festiva y plena de matices vivaces para las tradicionales carnestolendas; tanto como en las cíclicas navidades con sus imágenes de nochebuena y la rememoración de figuras místicas que nos traen la evocación de sucesos para marcar nuestra fe con profunda devoción.

Mayo y junio tienen preponderancia en nuestra cronología histórica. Los recordatorios se enlazan y van encadenando fechas que transcurren con celebraciones sucesivas: 11 de Mayo y el Himno Nacional; 18 de Mayo y la escarapela; 19 de Mayo y el comienzo de una Semana representativa, hasta el 25 de Mayo y el maravilloso grito de libertad junto al Primer Gobierno Patrio. Junio con su 17 y la evocación de Martín Miguel de Güemes, patriarca de la Guerra Gaucha en el norte de la Patria; hasta el 20, con el recogimiento y la admiración por el honorable Manuel Belgrano, prócer de nuestra historia y dueño de la inspiración que nos otorgara el magno símbolo nacional.

Los sunchalenses adhieren a las manifestaciones públicas engalanando las viviendas particulares, tanto para el advenimiento de las fiestas navideñas como para el esquema significativo de sus hitos épicos que marcan una trayectoria de luchas, victorias y desazones en pos de la libertad y la independencia. Se suman de esa manera revelando el sentimiento patriótico y acentúan las facetas que imprimen las autoridades municipales con todo el material dispuesto para la evocación.

Redivivo el 20 de junio, todo se engalana de celeste y blanco. Colores emblemáticos que cubren los corazones fervorosos desde aquel 27 de febrero de 1812, cuando en las barrancas del Río Paraná, los soldados de ojos fervientes y voces enfáticas juraron fidelidad eterna al símbolo que se erguía en ese lugar venerable de nuestra provincia santafesina.

Sunchales explota en un celeste cósmico y en blancura virtuosa. A las clásicas banderas alegóricas que penden de columnas centrales y fluctúan en el viento sinuoso, se añaden cientos de banderines que cubren la plaza. Las sendas de las avenidas señalan el trayecto a los peatones intercalando los celestes con los blancos níveos como si marcaron un norte, una brújula rectora que traza el camino virtuoso.

Y la Municipalidad, la casa del pueblo, se engalana con idénticas tonalidades. Para que no queden dudas. Para que la casa de todos ejemplifique a propios y extraños qué estamos evocando y a quién anhelamos conmemorar, descolgando la hoja distintiva del almanaque artífice de la conmemoración por los doscientos años transcurridos desde aquel 20 de junio de 1820, cuando un supremo patriota iniciaba su paso a la inmortalidad.

Imposible no detener la marcha. La visión atrapa con fuerza y me domina lo imprevisto, con el objetivo surgido del enfoque. No se puede mirar de soslayo y continuar desaprensivamente, en realidad, como si la imagen fuera intrascendente. Y el gesto inmoviliza el vuelo bicolor en la tarde fría de junio pero logra aprisionar para volver eterno el cuadro patriótico que se presenta ante mis ojos.

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