Los escenarios en tiempos de pandemia

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Los argentinos, jamás olvidarán este otoño. Esta estación apacible con su sol apaciguado, que pinta un paisaje cargado de ocres, desordena los verdes y enciende las veredas con hojas crujientes, este año, nos ha obligado a mirar el escenario detrás de los vidrios. La pandemia se hizo presente y nos ha dejado atónitos, sin respuestas y con temores.

No es la primera pandemia que vive el mundo: viruela, tifus, fiebre amarilla, cólera, peste bubónica, gripe A y ahora, COVID 19. Todas han dejado como saldo lo que nadie desea: muerte, secuelas de parálisis, pobreza…

En cada una de ellas, las sociedades se aprestaron a responder con lo que tenían. En cada momento de crisis como la que se presenta en una pandemia, el escenario social, los actores se ubican en espacios muy definidos: los que están en el poder y deben tomar decisiones y los que están en el llano y más allá de acatar los arbitrajes, buscan en su entorno, fórmulas, recetas y formas que le permitan salvarse.

De todas las pandemias o epidemias quiero referirme, en primer lugar, a la fiebre amarilla desatada en Argentina en 1871. En pocos meses murieron casi quince mil personas. Gobernaba el país, el ilustre “Maestro de América”, Domingo Faustino Sarmiento. La enfermedad ya se había desatado en Paraguay; rozaba Corrientes. Nunca sabremos si las autoridades en su desconcierto, prefirieron ocultar lo que se acercaba, o no se sintieron preparadas para enfrentarla, porque su primera decisión fue la de esconder la realidad. Cabe recordar que la pobreza se extendía por doquier en Buenos Aires, así como el hacinamiento y la falta de servicios que ofrecieran seguridad sanitaria.

Los primeros casos aparecieron en el barrio de San Telmo. Se aisló el lugar; una cuarentena se impuso en el puerto de Buenos Aires. Sarmiento, no obstante, decidió no impedir la entrada de los buques provenientes de Brasil, aun sabiendo que la enfermedad recorría Río de Janeiro y Paraguay. Esto provocó un gran incremento de contagios. La muerte asoló la ciudad. Quienes podían, huían al interior y lo anecdótico es que el propio presidente, se marchó a Mercedes. ¿Podría juzgarse mal su proceder? Desde el lugar que cada uno se posiciona, puede recibir rechazo o aprobación. Tal vez, Sarmiento, privilegió su vida. Era el presidente. Sabía que el país no estaba preparado para enfrentar la pandemia. En ese contexto le otorgo la excusa. Lo cierto es que la gente, casi todos pobres, inmigrantes se quedó esperando que una fuerza superior los salvara. Cuando la fatalidad ataca y cada uno se siente abandonado, ¿qué se hace? Surgen formas colectivas que definen la situación existente como “injusta” y comienzan a movilizar recursos disponibles y aceptados en su imaginario social: la consulta al curandero o al sanador, y la utilización de recetas a base de yerbas naturales, la búsqueda desesperada por trasladarse al campo, promesas al Altísimo, el rechazo a los inmigrantes, que por esas épocas llegaban por cientos y cientos, acusándolos de haber traído la fiebre amarilla, extendiendo ese dedo acusador hacia los que llevaran una vida desordenada.

Una escena cotidiana, a partir del brote de Fiebre Amarilla en Argentina – Archivo Cedoc

Ante la falta de protección y la muerte amenazante, las decisiones de quienes se ven abandonados no pueden juzgarse, son decisiones de supervivencia, más excusables que la huida del presidente. La pandemia se llevó 14000 vidas, el 8% de los porteños. La naturaleza hizo su selección. Los medios de comunicación distaban de ser lo que hoy conocemos, no obstante, ciertas fuentes los consideran verdaderos protagonistas de este período. El lugar vacío del poder, lo tomó el periodismo.

No necesito fuentes, porque viví los días en que la epidemia de poliomielitis se desató en Argentina en el año 1956 y afectó a alrededor de 6500 personas. La narro desde mi recuerdo. Era una enfermedad muy infecciosa, transmitida por un virus que afectaba principalmente a niños. El contagio se realizaba de persona a persona; entraba en el organismo a través de la boca, luego de alojarse en el intestino, atacaba al sistema nervioso causando debilidad muscular, parálisis… En algunos casos, muerte. Demás está decir que los medios de comunicación, no eran los actuales, ni aquellos que cubrieron el espacio vacante en la pandemia de 1871; el país vivía el período de la Revolución Libertadora y la información se propagaba de manera selectiva. El Ministerio de Salud, había sido disuelto. Desde el gobierno se impusieron cuarentenas en algunos lugares. Las escuelas suspendieron clases que se retomaron en julio. Los casos ascendieron a 6500 y el 10% de los afectados, falleció; otros quedaron con secuelas por la parálisis.

¿Cómo actuó el sector de la población asustada y convencida de que más allá de las órdenes que llegaran, debía buscar soluciones en el entorno inmediato? Con el afán de evitar la llegada del virus a los hogares, se pintaban las paredes con cal, y para proteger a los niños, las madres, confeccionaban una bolsita de tela en la que introducían un trozo de alcanfor para luego colgarlas, prendidas con alfiler, en las prendas íntimas o como collar. El alcanfor con su aroma daba seguridad colectiva. Proliferaron remedios caseros, vahos con agua de eucaliptos. Algunas madres envolvían a sus bebés en una suerte de sábana o manta, dejándole solo libre la cabeza; el resto, cuerpo y extremidades, quedaban inexorablemente apretujados simulando una momia. Eran medidas que tomaba la gente ante la falta de soluciones. La vacuna creada por Jonas Salk y perfeccionada por Albert Sabin hizo que la enfermedad fuera desapareciendo. Le ganó la pulseada a la naturaleza

Y ahora, vivimos esta pandemia. Su cercanía impide poner una mirada objetiva. los actores están movilizados y todos estamos expuestos, sin diferencias sociales. El virus llegó en avión y se distribuyó sin selección por las capas sociales con un afán de empoderamiento. Las autoridades tomaron decisiones y acatamos o desacatamos. Las respuestas son diversas y responden a diferentes realidades. La información llega sin filtros, de manera que podemos negarla, aplaudirla, cuestionarla…Los protagonistas se repiten en sus espacios y en sus mecanismos de defensa, solamente que hoy no podemos juzgar decisiones de uno u otros; no podemos hablar en pasado, aunque lo deseamos con fuerzas, para disfrutar de otoños en plazas y aceras crujientes.

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