Confinados y obedientes

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Y un día fuimos obligados. De pronto, aquella libertad valiosa de la cual gozábamos, pasó a ser parte del pasado, de un ayer que creíamos se disiparía con prontitud para volver a reinar el tiempo de la autonomía y el libre albedrío con el cual manejábamos nuestras vidas. Tardaron algunos reacios en lograr el convencimiento definitivo; otros asumieron prestamente el compromiso y hubo quienes se ocultaron en forma irreversible detrás de la puerta hogareña para no asomar ni la nariz ante el avance del peligro que emanaba de un lejanísimo lugar ubicado en China. Obedientes y confinados, pero seguros y cuidados.

Psicólogos y analistas vertieron sus valiosos conceptos profesionales. La divulgación a través de los medios periodísticos ayudó, como en un diván virtual, a comprender el comportamiento de la psiquis, el corazón, la conducta emotiva y el ánimo particular o familiar, exigiendo cambios que no todos pudieron asimilar, aunque fueran transitorios.

La educación y el campo laboral nos trasladaron a una metodología novedosa, a distancia, capaz de generar cambios radicales para instalar en el mañana algunas de las técnicas abordadas. Las ciencias de la salud encumbraron, ennoblecidas, su incuestionable valía en momentos tan críticos para todos los niveles sociales de una comunidad, sin distinción.

Los actos solidarios mostraron la ética y los lazos de compromiso, responsables y generosos de diversos sectores de la población en su conjunto. El desprendimiento propio de la filantropía mostró niveles disímiles de caridad y beneficencia. Mientras unos se distinguieron con el esplendor de gestos pródigos, otros mezquinaron la donación de una mínima fracción de sus abundantes salarios y pusieron en evidencia la mezquindad de sus espíritus.

¿Descubrimientos? Sí, por supuesto. Localizamos las miserias profundas, las carencias, la negligencia de tantos años transcurridos sin abordar políticas de enmienda para la satisfacción de las necesidades básicas del ser humano. Familias que viven hacinadas, sin la invalorable presencia del agua potable, las cloacas sanitarias, el asfalto para la normal circulación, las obras hidráulicas para ahuyentar las inundaciones. Y todo este panorama allí no más, no en las antípodas de Jujuy y Ushuaia; allí, al alcance de los gestos y las acciones contemplativas, lo que hoy se ha dado en llamar AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires).

Y, como sumatoria, la desaparición de empresas, comercios, rubros que, frente a la inercia del clásico movimiento de oferta y demanda, “bajan las cortinas”, una expresión generalizada, dura, hiriente y lacrimosa. Como consecuencia, los miles de desocupados; no aquellos que esperan ayuda oficial del erario con su conducta ociosa y tradicional; ahora se trata que quienes pierden la dignidad del trabajo, el honroso hábito adquirido para afrontar la vida y conducir una familia, trasladando el ejemplo noble a las generaciones del futuro.

Para otros, la cuarentena sirvió transformándose en un solaz que simbolizó el merecido descanso de una agitada rutina. Tiempo recoleto para meditar, dedicarse a tareas relegadas, formular nuevos proyectos, gozar de la buena lectura, usar los medios modernos de contacto para evitar la interrupción de lazos familiares y de apreciadas amistades. La obediencia fue en realidad, respeto por la pandemia y la cuarentena, sin considerarla un confinamiento.

Esta situación de privilegio no impide practicar la empatía, esa participación afectiva en una realidad ajena. Se perciben y comparten los sentimientos y pensamientos; el dolor y las necesidades distantes son realidades perentorias para la empatía. El ámbito de participación puede ser el más cercano; solo hay que detectarlo y actuar en consecuencia.

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