Un límpido fuego misterioso

103

Estuve allí. Tres veces el calendario me llevó hasta esa provincia consagrada. Allá lejos en el tiempo, acompañando a mi hijo con sus compañeros de séptimo grado. Después, dos veces en compañía de amistades en un recorrido turístico por las regiones de nuestra patria. Y volvería a ir para revivir aquellos emotivos momentos.

Imposible no sentir el aura impregnada de sueños y decisiones, de sacrificios y compromiso, de hombres llegados de todos los confines para consumar el hecho magno: declarar la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, porque ya seis años habían pasado desde aquel grito esencial de Libertad en el Cabildo de Buenos Aires que nos otorgara el Primer Gobierno Patrio.

Todo infunde respeto y nos posiciona exactamente en el tiempo. Los muros cargados de inviernos, las puertas de grueso espesor, los pisos añosos y señoriales, los adoquines del patio con su aljibe y los naranjos. Aún perduran los espíritus de aquellos patriotas, graves y a la vez entusiastas, serios y a la vez amistosos, hermanados en el designio que habría de resolverse y concretar.

Desde la distancia, revivirlos es traer el tiempo al hoy, llamado presente histórico. El espectáculo de luz y sonido comienza entonces a desenvolverse. El anfiteatro es el patio. No hay asientos. Escoltamos a los imaginarios personajes de pie, formando un arco de oyentes expectantes y emocionados.

El traqueteo de las carretas y diligencias nos invade, la resonante aldaba de la puerta indica la llegada de los congresales, los pasos en el zaguán nos permiten adivinar el camino abordado. Resuenan voces, saludos, expresiones del encuentro y las decisiones con las cuales vinieron provistos, después de tanto camino inhóspito recorrido, tanto valle, monte escarpado o polvareda, montes o ríos atravesados para acudir a la cita indeclinable.

Eximios artistas nacionales prestaron sus voces; la música y los cantos de la época transportan ubicándonos en la sensibilidad más exquisita, embargados por aroma de los azahares que pueblan el patio, los de ayer y los de hoy. Las luces juguetean con oportunos arabescos y todo se desarrolla en nuestra imaginación; somos la audiencia alucinada y mágicamente trasladada hacia aquel 9 de Julio de 1816 en Tucumán. Somos partícipes de aquel momento supremo de la Independencia.

Un colofón más impresionante aún nos aguarda. Cruzando todo el patio, sobre los muros la alegoría en relieve nos invade con el impacto de sus imágenes. La obra de la artista tucumana Lola Mora forma parte de los tesoros de aquella histórica casa de Francisca Bazán de Laguna, donde un puñado de próceres resolvió cortar los lazos con el Reino de España.

Y son los acordes del Himno Nacional Argentino los que nos envuelven finalmente y nos abrigan en la noche tucumana. Mientras sumamos nuestras voces secamos nuestras lágrimas. Imposible no emocionarse. Las fibras del corazón patriótico nos motivan para sentirnos inmersos en aquella fecha, entre aquellos hombres, imbuidos de idénticos propósitos.

“Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”, escribió Jorge Luis Borges en su Oda por el sesquicentenario, allá por 1966. Límpido fuego misterioso, ninguna palabra mejor para definir lo que se siente siendo partícipe del Espectáculo de Luz y Sonido en la benemérita Casa de Tucumán. Puede ser que la insensibilidad atavíe a algún visitante y no lo experimente así. Sería una verdadera pena. Dependerá, quizás, de aquellos primarios conceptos que en las aulas nos inculcaron para transformarnos nosotros, después, en transmisores de ese “límpido fuego misterioso”.

Un desfile en un acto desarrollado en avenida Independencia.

Comentarios