El aula, un lugar irremplazable

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Foto: Diego Rosso.

La educación pública en la Argentina tiene su altar en la Ley 1420. En el año 1884, los hombres del progreso, estimulados por las ideas positivistas apuntan al corazón mismo de la iglesia católica y dictan leyes que le quitaron pilares de poder: la Ley de Matrimonio Civil, la creación del Registro Civil y la ley de Educación Primaria Obligatoria, Gratuita y Laica. Cabe acotar que la generación del 80 tuvo una lucha ideológica entre la Iglesia y el Estado; los liberales positivistas veían en la Iglesia a un enemigo del progreso; los católicos sentían perder sus derechos adquiridos durante siglos. Lo cierto es que la reglamentación de la ley pone en la vereda del frente a quien durante años había tenido el monopolio de educar: la iglesia católica. Toda esta introducción es a efectos de entender cómo la escuela y la sociedad  establecen un contrato social que los mantendrá unidos hasta el momento. El nuevo Estado argentino se hace cargo de la educación de los niños, ciudadanos convivientes en una sociedad diversa en idiomas, costumbres, religiones e ideas. La familia acepta la propuesta y cede la educación a la escuela quien abrazará la misión de transmitir saber, vehiculizar la cultura y sobre todo homogeneizar a la sociedad. Se arrogará a partir de ese mandato social el derecho de elegir los contenidos socialmente válidos para enseñar.

La escuela asume la autoridad personificada en docentes y directivos; levanta a su alrededor una fortaleza que impide el acceso de lo que ocurre afuera porque considera que el conocimiento se encuentra cómodo en las aulas y los problemas de afuera no tienen cabida en un territorio seguro, protegido, asignado para enseñar. El docente, al cerrar la puerta de su claustro tiene un lugar de privilegio. En ese lugar-aula, el contrato se establece en un triángulo donde comienzan a moverse los vértices: docente – alumno – contenido a enseñar. El punto que inclina la figura es la del docente, considerado dueño del saber, decisor del qué y cómo enseñar, pero también del qué y cómo evaluar, atribuciones que lo ponen en un lugar de superioridad, aunque también de responsabilidad y compromiso. ¿Con quién? Con los alumnos y con la sociedad que le otorga la potestad de educar a los hijos. Demás está decir que el proyecto ha sido exitoso.

En la medida que pasan los tiempos, la escuela ha tratado de resignificarse con sus prácticas. No obstante los embates de la sociedad, sus cambios políticos, económicos sociales en un mundo global tocan con energía las puertas de la escuela, interpelan aquello que solo le corresponde a las políticas educativas, a la escuela y sus docentes. El afuera pretende entrar y lo logra; debilita poco a poco las fronteras y accede a ese territorio otrora sagrado.

A la llegada del siglo XXI, la escuela es atravesada por un sinnúmero de situaciones que ponen en interrogación aquel mandato fundacional. El maestro debe interpretar que cada niño es un sujeto de derecho, además de ciudadano y en ese cambio de situación se modifican todas las miradas y también todos los posicionamientos. No obstante, es un actor capaz de transformarse y dar respuestas, tal vez no con la premura que la sociedad lo exige, pero reformula su rol y crea un mundo donde se amalgaman la socialización, el saber, la formación de valores, el aprender, la vigilancia del cumplimiento de los derechos incluido el asistencialismo.

Ya no es un docente que en soledad dicta sus clases. Hoy tiene que compartir sus prácticas, fundamentar sus elecciones, abrir su saber y tornarse disponible para recibir otros. La Ley 26206/06 acompaña los cambios sociales. El sistema educativo, hijo de la ley 1420 se ha sacudido; los ruidos irrumpen en las aulas y ponen en tensión a sus protagonistas: alumnos – docente – contenidos a enseñar. Su lugar dejó de ser un espacio cerrado y se convirtió en un espacio exhibido a miradas expertas e inexpertas.

En tiempos de pandemia como la que vivimos, sale de la seguridad de sus aulas y se coloca en la vidriera virtual, expone sus fortalezas y sus debilidades; enfrenta la problemática con más o menos solvencia. El maestro se acomoda. Sabe que las fronteras de la escuela han caído definitivamente y está expuesto. La sociedad, no obstante, en su mayoría, comprende que el trabajo docente no es sencillo de reemplazar; al menos por ahora no se visualiza otro modo que sostenga la fuerte relación entre docente y alumno en un lugar donde puedan mirarse y entenderse, territorio de miradas; espacio donde se producen   encuentros y desencuentros. Un aula, cuatro paredes muy difíciles de trasplantar. Y si no, que lo digan los padres que asumieron ese rol en tiempos de pandemia.

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