Nuestros recolectores nocturnos

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El invierno ha llegado con altibajos y esas variaciones van desde días muy gélidos, inhumanos, hasta otros que nos traen sorpresivas reminiscencias de primavera, sin olvidar la niebla espesa y peligrosa, además de los vientos molestos y castigadores. Pero todas estas características se hacen más crueles durante la noche, aunque una mayoría de los seres humanos podemos gozar de un techo acogedor, un confortable sistema de calefacción, varias mantas protectoras y tal vez, la compañía de familiares estrechos para conversar, intercambiar ideas y diseñar proyectos antes de caer en brazos del sueño reparador para despertar mañana y enfrentar con énfasis las actividades que nos son habituales.

Afuera, el viento arrecia y sopla ululante, con energía despiadada. Si es noche de lluvia torrencial, más aún violentas se hacen esas horas para aquellos que no pueden compartir nuestras etapas internas, bajo la calidez de un techo seguro y confortable, confiados y protegidos ante las inclemencias del tiempo.

Porque el horario laboral les corre precisamente en el turno nocturno y mientras otros descansan, a ellos les corresponde cumplimentar con la jornada que transcurre durante la noche. Y si agregamos a esa situación el hecho de que deben desarrollar su trabajo a la intemperie, más angustiosas resultan ser sus andanzas por las calles de la ciudad.

Desde un lecho cómodo y abrigado oigo que se acerca el sonoro camión, con sus horarios y días establecidos para recorrer los barrios de Sunchales. Disminuye su marcha por breves minutos e imagino la destreza de quienes van detrás, siempre prestos y ágiles para detectar a los vecinos cumplidores que han ubicado convenientemente la basura para ser recolectada.

El frío y la lluvia no asustan; sus voces se oyen estridentes y a veces los imagino, uno a cada lado de la calle cuando van buscando los recipientes – a veces desordenados y hediondos – o las bolsas depositadas por los habitantes en horas tempranas, seguros de la recolección nocturna que habrá de llegar para hacer desaparecer los desperdicios del hogar.

Los consejos en esta época de pandemia con respecto a desinfectar las bolsas, etc. ¿habrán sido contemplados? Las advertencias acerca de que no se ubiquen vidrios rotos que pueden originar heridas en el momento de la recolección, ¿serán respetadas y cumplidas, pensando en la salud de quienes nos ayudan en el aseo de nuestros hogares?

La ciudad se ha ido agrandando y los barrios suman viviendas extendidas por la superficie de cada área habitacional. ¿Un recorrido de 30 km? Así se dice con respecto al curso nocturno, pero no es únicamente un trazado para circular. El trayecto incluye esfuerzo, subir y bajar, levantar quizás bolsas pesadas, demostrar agilidad y rapidez, lo que se vuelve todo más riguroso y desprotegido en noches de tormentas, heladas o lluvias, especialmente en los meses del invierno despiadado. ¡Y la presencia de mujeres! Ágiles, predispuestas, valientes, también se prenden de la parte trasera del camión y cumplen con su digna tarea. ¡Felicitaciones!

¡Vamoooosss! El grito surge luego para indicar a quien está frente al volante que ya pueden marchar hacia un nuevo destino y repetir la tarea. Una tarea que merece nuestro respeto y valoración. “¡Gracias por tu trabajo! Dios los proteja siempre, señores recolectores”, se leía en un cartel, escrito con marcador y pegado a la bolsa con un refuerzo de cinta. ¿Se nos ocurriría a nosotros un mensaje así? Vayan estos párrafos como reconocimiento a estos seres anónimos tan importantes para la limpieza y el cuidado de nuestras viviendas.

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