Los veo amar la tierra

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Un manto de cristales cubre el césped esta mañana de fines de julio. Si así está mi patio, protegido por plantas y tapiales, pienso en cómo lucirán los campos de nuestra llanura santafesina. Sin ser dueños de terrenos para sembrar y producir, somos habitantes de este suelo y sabemos cómo trabajan los agricultores y ganaderos de nuestra pradera. Es esa misma tierra sobre la que nuestros abuelos gringos trazaron los surcos con arados precarios y el trabajo los premió con la visión espigada del oro en granos, el celeste linar acamado por la libertad de los vientos, los primeros vagidos de los animales pródigos para ofrecer la leche con que alimentaron a sus familias numerosas, frutos de la sangre trasplantada desde la campiña europea.

Los agricultores y ganaderos de hoy son, en su mayoría, descendientes de esa gesta de chacareros laboriosos, esforzados y habituados a la economía para convertirse en dueños de este terruño y a ser previsores para dotar su patrimonio a los descendientes que continuarían por el mismo camino de amor al campo y a lo que emerge de sus entrañas generosas. Si hoy los herederos de esa legión gozan de un presente más holgado y más tecnificado, ha sido por la continuidad responsable y las inversiones efectuadas en consonancia con la modernidad. Cuidadosos del legado recibido, lo mantienen con idéntico entusiasmo y especial dedicación.

Más de una vez habrán claudicado sus ambiciones y eclipsaron los esfuerzos las heladas, las inundaciones, la sequía depredadora, el granizo caído como metralla, las plagas y cuanta calamidad se puede recibir estando a cielo abierto, como débiles criaturas bajo las inclemencias naturales e imprevistas de la naturaleza. Sueños rotos, inversiones inútiles y otra vez, a repetir la odisea.

Quienes no conocen esta historia escrita con sudor sobre la pampa gringa, sobre el suelo grávido de humus; quienes pasan raudamente en las rutas sin apreciar la riqueza agrícola, quienes detrás de un escritorio planifican en las ciudades cosmopolitas las disposiciones reglamentarias como pulpos para que el esfuerzo de los otros sirva para mantener la burocracia capitalina, no tienen el corazón puesto en esta zona de la patria y en el trabajo sacrificado de los hombres y mujeres del campo.

Ciegos, con una ceguera terca que obnubila el entendimiento, no reconocen la necesidad y el valor de los frutos que reciben a diario en las grandes urbes como alimentos, vestimenta y elementos útiles que los usuarios urbanos tienen como imprescindibles para subsistir. “Si fuera por mí, yo al campo lo asfaltaría”, declaró un importante y renombrado periodista argentino. Y sus conceptos hablaban defendiendo a una empresa del norte santafesino en crisis, pero no reconocía la procedencia de los alimentos que deposita sobre la mesa familiar ni todo lo que utiliza para su vida cotidiana, sin preguntarse de dónde provienen. Solamente es un consumidor ignorante.

Supongo que si viviéramos junto al río entenderíamos mejor la riqueza pesquera y tareas derivadas; si estuviéramos en zona de montañas conoceríamos la fauna y la flora de esa región, así como la minería, serían temas conocidos con profundidad. Pero incluso así, viviendo en la lejanía de estas regiones, somos capaces de imaginar dedicación, sacrificio, inversiones. Porque no somos necios.

Pero es nuestra llanura fértil y su gente de trabajo los temas que nos ocupan hoy y nos muestran la incompetencia de quienes deben decidir sobre los destinos de estos frutos genuinos que consiguieron otros. Si se mueven en modernas camionetas, si disfrutan de un pasar acomodado, jamás originan mi envidia porque están en su legítimo derecho, mostrando el resultado de una labor animosa y emprendedora, esforzada y de grandes inversiones. Azorín, autor español, escribió: “Los veo amar, amar la tierra. Y tienen una fe enorme, la fe de los místicos”. La misma fe con que echan la siembra en los surcos para que nosotros tengamos el alimento cotidiano sobre la mesa familiar.

Una escena de cosecha en la historia sunchalense.

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