El aprendizaje de tolerar la frustración

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Rumiar el pasado, quitar los sellos de algún escondido envoltorio, revolver entre papeles desordenados, introduce al ser humano en el mundo de las emociones sentidas, vividas, aplacadas o desbordadas… Cada recuerdo despierta una emoción. Somos dueños de un capital emocional rico, acopiado por experiencias de todo nivel. Hurgar el pasado es simplemente reconocer cuánto han incidido en nuestros aprendizajes de vida.

Días pasados en una red social, un grupo recordaba las épocas en que las niñas, al tomar su comunión por vez primera, se vestían con trajes blancos primorosos, de organzas, plumetí, rasos o broderie. Se les agregaban los detalles que cada uno deseara. Acompañaba el atuendo, un limosnero acorde al vestido y una diadema en la cabeza. Las manos con guantes abrazaban el misal, blanco también y si era posible con tapas nacaradas; el abanico  era un detalle que podía o no sumarse, de madera y tela.

Tuve un vestido como describí. La tela de organza, fue preparada para que luciera dos vuelos plisados y una parte superior bordada en hilo de seda. Un amplio soporte almidonado mostraba ese traje en toda su elegancia. Los zapatos, blancos. Por mi parte, había estudiado con mucha responsabilidad las casi cien preguntas que contenía el catecismo. Debían saberse de memoria para poder acceder al mérito de recibir por primera vez la comunión con Cristo. Teníamos Catequesis en la parroquia del pueblo; las lecciones las impartía semanalmente, una persona responsable. Los grupos de catecismo, eran también grupo escolar, de modo que compartíamos con sincero entusiasmo los acontecimientos que culminarían con el tan ansiado día, en que, vestidas de blanco tomaríamos la primera comunión. Era tema en los recreos. Demás está decir que alguna competencia ya existía respecto a quién tendría el traje más bonito, más elaborado o con adornos originales.

Esperábamos ansiosos el día en que seríamos protagonistas de un momento sagrado. El entorno anticipaba las emociones positivas. No había lugar para lo contrario porque el acontecimiento se deslizaba en los calendarios sin que nada lo perturbara, pero no fue así en ese año. Recuerdo el hecho perturbador porque me obligó a gestionar una emoción desconocida. Seguramente despertará asombro.

Corría 1954. El país estaba gobernado por Juan D. Perón en su segundo mandato. Su enfrentamiento con la iglesia comenzaba a notarse. El sacerdote que oficiaba los sacramentos en mi pueblo, era un acérrimo opositor al gobierno y en todos sus sermones arreciaba contra el presidente. No recuerdo cuánta belicosidad había en sus palabras porque a esa edad, 8 años, no entendía del tema, pero algunos feligreses no estaban de acuerdo con esa actitud del párroco y lo denunciaron. El cura terminó demorado por unos cuantos meses. Cabe acotar que el sacerdote en cuestión era párroco de otra localidad que atendía en mi pueblo. Otra información no tengo o no la recuerdo porque en ese momento debía luchar contra el naufragio de un sueño.

Nuestra primera comunión no se llevó a cabo. El hermoso vestido vaporoso quedó en el mejor lugar del ropero sin usar. La pompa de jabón se deshizo en el aire.

Ningún adulto puso en consideración la tristeza de los chicos; tenían todas las expectativas puestas en esa mañana, en la vivencia que las enfrentaría de manera colectiva, al encuentro con su primera comunión.

Los niños no eran escuchados. Los adultos resolvían sin medir el impacto que esas decisiones arbitrarias producían en las ilusiones infantiles. La frustración pasó inadvertida. Buscaron la solución que a sus criterios era la más lógica: no esperaron a que se solucionara el problema, o que enviaran otro cura, me llevaron a una ciudad próxima a tomar mi primera comunión. Usé un vestido verde, eso sí, bordado con trencillas blancas. Yo había aprendido cien respuestas del Catecismo y a tolerar la frustración.

Ahora sé que la frustración “es una emoción muy importante, que juega un papel clave en nuestra adaptación al mundo y nuestra manera de relacionarnos con los demás, lo que pasa que no es fácil de gestionar.”

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