El Padre de la Patria

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Retrato en óleo de José de San Martín, circa 1828 (Foto: Internet).

«Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia. ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo? (…) Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas.»

José de San Martín

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Cada 9 de Julio se recuerda a los hombres de Tucumán, aquellos que en carreta llegaron a la casona cedida por Francisca Bazán de Laguna, para deliberar y declarar la independencia de un pueblo que desde hacía seis años había roto cadenas con España. Así lo define el Acta de la Independencia. Narciso Laprida presidía tan honorable Congreso y su pregunta fue himno para el pueblo cuando interrogó vehemente “Si querían que las provincias de la Unión fuese una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli…”. Pero, detrás del intrépido acto, estaba la férrea lucha sanmartiniana, que no claudicó pese a los peligros, amenazas y miserias humanas.

Era su voz y no su sable, era el arma sonora que cruzaba el territorio para poner luz, donde la sombra de los intereses entorpecía el camino de la independencia de la patria.

El 17 de agosto se recuerda el fallecimiento del general San Martín. Las paráfrasis para nombrarlo no explicarán jamás la gloria de su presencia en las guerras de independencia, de su compromiso con la libertad de los pueblos, de su convicción por la idea que abrazó y por la que expuso su vida, su familia, su honor…

Hombre de coraje sin dudas, valentía que nacía de su fidelidad a una idea: la libertad. Su frase: “Mi sable nunca saldrá de la vaina por opiniones políticas” no puede desconocerse. Esa grandeza de soldado y de hombre empeñado en evitar luchas fratricidas es uno de los valores que lo enaltecen.

Su trayectoria sacude las fibras en nuestro interior; apela al ser argentino que ayudamos a construir en las escuelas cuando evocamos sus hazañas. Sus acciones, algunas de neto corte militar, capaz de ajustar las conductas hasta el máximo para obtener un triunfo en la lucha contra el colonialismo, otras, de elevado carácter humano, exaltan la figura del hombre que nos dio libertad.

Se marchó al exilio convencido de que había dado todo, que faltaba mucho, que se avecinaba la parte más difícil: la lucha entre hermanos, las guerras intestinas, pero su hombría de bien lo instó a despegarse del juego insidioso de poderes espurios. Después de su lucha denodada y su partida, el país caminó de un lado al otro entre aristas opuestas y filosas. Cada margen empuñó armas y voces que solo cultivaron “civilizaciones y barbaries”.

En cada fecha del aniversario de su muerte, su imagen se agiganta mientras se empequeñecen las otras, las que envilecieron su gloria, los que pusieron sombra detrás de su ausencia, los que enlodaron sus acciones.

Su nombre tomado para banalidades envilece a quienes lo usan y encumbran su recuerdo.

En la máxima dejada a su hija: “Inspirar amor a la verdad y odio a la mentira” pronunciaba un mandamiento que como aquél “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” han caído en el olvido.

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Máximas

  • Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican.
  • Inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira.
  • Inspirarla gran Confianza y Amistad pero uniendo el respeto.
  • Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
  • Respeto sobre la propiedad ajena.
  • Acostumbrarla a guardar un Secreto.
  • Inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las Religiones.
  • Dulzura con los Criados, Pobres y Viejos.
  • Que hable poco y lo preciso.
  • Acostumbrarla a estar formal en la Mesa.
  • Amor al Aseo y desprecio al Lujo.
  • Inspirar amor por la Patria y por la Libertad.

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