Maestros en pandemia, siempre irremplazables

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El día del maestro, una fecha de grandes connotaciones. Generalmente lo relacionamos con la docente que tenemos en casa, o la que acompaña a nuestros hijos en la escuela; las vemos luchar por sueldos dignos, las vemos reinventarse ante cada cambio, las vemos adoptando diferentes roles, aunque no debemos olvidar que la escuela pública le ha entregado al docente, casi todas mujeres, el privilegio de educar a niños y jóvenes. Le ha puesto en sus manos una de las misiones más sublimes. Honor y compromiso.

Podemos encontrar en Domingo Faustino Sarmiento, algunas posturas extremas criticables que supo plasmar con gran talento literario en su obra «Civilización y Barbarie», pero su convicción de educar al pueblo, escrita y puesta en acción, a mi criterio, no tiene discusión. Su visión, casi obsesiva, de colmar el país de escuelas, le ha dado frutos al país.

Las primeras maestras argentinas, llegaron de Estados Unidos convocadas por Sarmiento para instalar en las provincias argentinas, escuelas donde se educaran niños y jóvenes y formar la escuela Normal que prepara maestros. En el país del norte, las mujeres maestras habían ganado la batalla de imponerse al varón en esa profesión por atribuirle características similares a la madre. Llegaron a este sector de América a sabiendas de que no le resultaría fácil la inserción, sin embargo, pusieron pie en Argentina y entregaron sus saberes.

Despiertan admiración estas mujeres por su coraje, su osadía y su confianza en ellas. Habían dejado mucho en su suelo; algunas murieron en la pandemia de fiebre amarilla de 1871, cuando el propio Sarmiento ya presidente, escapa al interior. Ochenta mujeres, unidas a otras argentinas, pusieron la base para la educación de esta patria. No son datos que deban relativizarse.

Aquella odisea de educar un pueblo, otrora inmerso en rústicas costumbres, continente agreste paulatinamente poblado por inmigrantes, ha sido el abrazo a una utopía, sin lugar a dudas, un modelo de que cuando hay voluntad, vocación y empeño todo es posible, aún sin recursos.

La educación es siembra, nadie puede dudarlo. La escuela pública en nuestro país ha sido un modelo de avances, de logros, de beneficios sociales y crecimiento. Su estado actual llevaría a escribir varías columnas, pero no es esa la intención.

Los maestros siempre han estado con el pie adelante para defender la escuela pública con calidad. Aunque siempre poco reconocida, su función es irremplazable y los días que nos tocan vivir lo demuestran sin vuelta. Las buenas intenciones de los padres por enseñar no alcanzan para vincular a los hijos con el contenido; la ausencia del maestro es palpable. El triángulo didáctico maestro – alumno – contenido, ha quedado desequilibrado y los padres (los que pueden) ya han agotado sus condiciones porque la mezcla de roles los desborda.

La pandemia ha puesto al docente en el lugar social que le corresponde. Si alguna vez se intentó desdibujar su imagen, hoy queda demostrado que la escuela es para los alumnos, sin dudas, pero sin docentes que acompañen, enseñen, guíen, hagan habitable el espacio compartido y mantengan la socialización en lugar de privilegio, no es posible, al menos por ahora.

Tal vez el destino mueve sus hilos sin avisarnos porque en la pandemia de 1871, docentes de Estados Unidos impusieron una imagen de maestra y en aquella odisea de educar al pueblo diverso, iletrado, marcaron un camino, el de la escuela pública. Tal vez, esta pandemia, que obligó  a trocar el vínculo personal por el virtual (en el mejor de los casos), sea la promotora de un nuevo camino de la educación pública, con docentes valorados que reinventen otras huellas en la querida escuela pública.

Feliz día a todas y todos.

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