Primavera de ayer y de hoy

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La mejor estación del año llega en un momento crítico, algo impensado tiempo atrás. Cada septiembre estamos habituados a ver el despertar de las plantas y comienza un período de crecimiento y floración. Con respecto al ser humano, suele decirse que la juventud es la primavera de la vida.

En la mitología griega Perséfone era hija de Zeus y de Deméter. La joven doncella, también llamada Kore, se casó con Hades y se convirtió en la reina del Mundo de los muertos, además de ser una diosa. En la mitología romana, Flora era la diosa de las flores, los jardines y la primavera. Estando entre varias diosas de la fertilidad, su asociación con la primavera le daba particular importancia al llegar esa época del año.

En nuestras vidas esta estación tuvo incidencia con episodios felices a partir de nuestro ingreso a la escuela primaria, ahora incluso en los jardines. Aquella jornada disfrutada en ámbitos libres de patio, plazas o clubes adquiría connotaciones de felicidad compartida. La noche anterior, con la preparación de la merienda o almuerzo al paso, ya marcaba los latidos de la emoción prevista para compartir un día distinto con maestras y compañeros.

La escuela secundaria en Rafaela tuvo las mismas características porque la institución asumía el compromiso de reservar un lugar apartado de la ciudad, buscar el transporte colectivo y velar por nosotros. Es decir, compartíamos con los profesores, ellos como ángeles tutelares que aceptábamos con gusto.

“¡Y echen a vuelo el nombre de estudiantes/ En bronces de romántica emoción, los que lo son, los que lo fueron antes, /los que por suerte, tienen de estudiantes para toda la vida el corazón!” Las estrofas de la Canción del Estudiante eran clásicas e infaltables en esas mañanas cuando emprendíamos el viaje como comunidad escolar.

Luego fuimos convocantes, organizadoras, acompañantes de nuestros alumnos y disfrutamos junto a ellos, también en espacios abiertos, ajenos al edificio de la institución, con esa dicha compartida y celebrando el nacimiento de un tiempo de esplendor primaveral. Cambiábamos de roles pero seguíamos gozando con idéntica intensidad.

Luego vinieron los años en que los adultos incomodábamos (¿o nos desentendimos?) y la libertad total quizás se convirtió en incontinencia o desorden no deseado que pudo haber empañado la fiesta que debía ser de todos. Intervinieron autoridades e instituciones, convocantes y moderadores en espacios especiales y con propuestas de entretenimientos que lograron aceptación en un marco de desarrollo sano y festivo.

Y llegamos a la ausencia de este mágico festejo de la juventud, acuciada esa ausencia por algo tan minúsculo e increíble como un virus. Una deserción que tal vez no se concreta cabalmente pero reduce, subdivide, marca una profunda diferencia con otros encuentros de septiembres anteriores. Nos queda la ilusión por el mañana, saber que siempre habrá primaveras y estaremos allí, despabilados, alertas y dispuestos para revivir ediciones maravillosas como aquellas de la infancia y la juventud.

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