¿Nos iríamos del país?

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Acuciados por el fragor de la guerra o atiborrados de carencias en las familias numerosas, los europeos se desprendieron del suelo patrio en busca de mejores horizontes. Desgajaron las ramas del árbol familiar, reunieron sus baúles como cofres de escasa riqueza e innumerables recuerdos, abrazaron los cuerpos queridos que quedaron con los ojos lacrimosos y el corazón doliente, para emprender el nuevo camino.

La inmensidad del océano los esperaba con sus fauces agitadas para transportarlos durante interminables semanas antes de depositarlos en tierras extrañas. Conocidas son las penurias padecidas por aquella pléyade de valientes que arribaron a nuestro suelo. Pero aquí los necesitábamos, las leyes los protegerían, los campos argentinos anhelaban el arribo de tantas manos que trazarían los surcos y echarían las simientes para ver los trigales ondulantes y el linar celestial.

Historia heroica de gringos que nos dieron raíces y ejemplos, cobijo y amor, sangre y apellidos augustos. Argentina los necesitaba imperiosamente; era una nación joven que comenzaba a organizarse políticamente después de 1853 y su avidez era real, por lo tanto buscaba en la pericia de los hombres del Viejo Mundo aquel vigor y aquella pericia que servirían para ponernos de pie en esta dilatada llanura de tanto terreno virgen.

La necesidad nuestra se correspondía con la necesidad europea. Una insuficiencia de brazos aquí se podía acoplar con la insuficiencia de paz y trabajo de allá. Se establecerían los ensambles y la gratitud sería simultánea. La continuidad de la historia es conocida porque somos herederos de aquella progenie, una dinastía del trabajo y el esfuerzo, de la hombría y la honestidad que nos llenan de orgullo.

Hoy se habla de abandonar el país. Uruguay aparece como tierra apetecida; con sus 176.215 km2 y su estructura de nación ordenada atrae a los vecinos, especialmente a algunos que ya cuentan con una segunda vivienda en suelo oriental. Si la comparamos con la provincia de Buenos Aires, de 307.571 km2., muy pequeña queda esa nación hermana del este.

Su organización y su pequeñez la llevaron a contar con escaso número de infectados durante esta pandemia que estamos padeciendo. Se nos aparece como una panacea, un paraíso donde cobijar nuestras angustias. La pregunta es: ¿Quiere Uruguay recibir a tantos argentinos que huyen de los contagios y situaciones agregadas? ¿Están dispuestos nuestros vecinos a menoscabar la seguridad que hoy los embarga?

Muchos jóvenes sueñan con partir en busca también de nuevos horizontes, imitando a abuelos y gringos que recorrieron el camino inverso. Pero allá, en lontananza, no existen las necesidades que aquí acuciaban en aquella época. Mientras tanto, los arraigados al terruño, asentados con bases firmes y vivencias atesoradas, escasamente nos embargamos con deseos de huir en busca de nuevos sueños. Las raíces son vigorosas y nos retienen como una ligazón firme y sustentable.

Difícil cortar las alas de quienes anhelan volar. Pero se llevarán con ellos sus títulos universitarios, sus capacidades innatas, las ilusiones de las familias, los años vividos entre amigos y el amor de la sangre hogareña. No será el mismo viaje de aquellos inmigrantes. Pero será idéntico el dolor.

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