Día de la Madre en Primavera

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Tenía que ser en primavera. La estación donde todo reverdece y se renueva la vida; vida principiante que trazará su destino sobre la tierra después de la espera con sabor a invierno. La floración y el esplendor se manifiestan para marcarnos la frescura y lozanía de lo que habrá de surgir.

No podía ser otra la estación designada para celebrar el Día de la Madre, raíz y principio, vientre fecundo para engendrar a sus hijos. Si bien se habla del origen en la antigua Grecia, también recordamos aquel nacimiento que se remonta al siglo XVII en Inglaterra. Se acostumbraba, con motivo de la profunda pobreza reinante, que las mujeres se emplearan en casas de familia para tener así asegurado un techo y el diario alimento. Un domingo del año, denominado precisamente «Domingo de la Madre», a los siervos y empleados se les daba el día libre para que fueran a visitar a sus madres y se les permitía hornear un pastel (conocido como «tarta de madres»), para llevarlo como regalo.

En América, algunos colonos ingleses conservaron esta tradición pero en Estados Unidos la primera vez se celebró en Boston, durante el otoño de 1872, por iniciativa de la escritora Julia Ward Howe, creadora del «Himno a la República». Fue una celebración religiosa con madres víctimas de la guerra por perder a sus hijos, aunque al tiempo ese homenaje fue dejado de lado y cayó en el olvido.

Fue hasta la primavera de 1907, en Grafton, al oeste de Virginia, cuando se reinstauró con nueva fuerza el Día de la Madre en Estados Unidos, siendo Ana Jarvis, ama de casa, quien comenzó una campaña para establecer un día dedicado a las madres estadounidenses. El fallecimiento de su propia madre fue el detonante de esta decisión. Otros países adoptaron diferentes fechas, pero la celebración figura en todos sus calendarios.

Antes de la reforma del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre se conmemoraba el amor hacia la Virgen María en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica. Para garantizar que todos pudieran agasajar a sus madres, se pasó el festejo del Día de la madre para el domingo anterior o posterior, por ser un día en el que no se trabaja. Argentina siguió esa tradición y la fecha quedó definitivamente establecida: el tercer domingo de octubre.

No es solo una fecha comercial, pero existen deseos de hacer llegar un obsequio como testimonio de atención y cariño, lógicamente, de acuerdo a las posibilidades económicas. Un almuerzo, flores, abrazos, compañía, manualidades, muchas y diferentes serán las demostraciones de gratitud y afecto hacia ese ser que nos diera la vida y con el cual hemos quedado ligados por lazos indisolubles. En todo caso, la “tarta de madres” puede ser reeditada. Como en la antigüedad, pero una de elaboración casera, la que llevará impregnada la intención del afecto.

Quienes ya no podemos compartir su amante compañía, guardamos en nuestra memoria y en el corazón los años transcurridos con la riqueza de su presencia, con los ejemplos y valores transmitidos, con la pureza, la ternura y el sentimiento de sus sonrisas y sus palabras de aliento, de consejo y de amor maternal dotado de hondura inigualable.

Sentimos que nos acompaña; eso es indiscutible. Son ángeles que con sus aleteos ondean en nuestro hogar como custodios protectores de la vida que conducimos ahora en soledad, habiendo soltado ya sus manos que ayer nos guiaban, intactas y reales, para convertirnos en esto que hoy somos. Para todas las madres lectoras, que sea un día especial y de amor en plenitud.

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