Las Evas del nuevo paraíso

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El jardín del Edén (detalle), Thomas Cole (Wikipedia).

«Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados…». La genialidad de Ernesto Sábato se adecua para interpretar hechos cotidianos, esos que interpelamos en busca de repuestas. Cada página de su libro «La Resistencia» es digna de ser saboreada.

En estos días se habló mucho sobre el día de respeto por la diversidad cultural, nombre que definitivamente se le ha dado a ese gran desencuentro que fue la conquista y colonización de América y también se veneraron las madres. Por eso, quiero evocar a las mujeres, madres de la tierra, que originaron el mestizaje. Mujeres de este territorio americano, distribuidas en todos los paisajes de América, paradisíacos y exuberantes. Mujeres a quienes deseo otorgarles un lugar de privilegio, un lugar casi bíblico y sin metáforas.

Mestizaje significa «Mezcla de culturas distintas, que da origen a una nueva». Dicen los historiadores que los primeros hogares de estas tierras fueron formados por un español y una india. Lucía Gálvez en su libro «Mujeres de la conquista» dice: «Los conquistadores no perdían el tiempo. Venían a cubrirse de honores y riquezas, a evangelizar, a hacer trabajar a los indígenas». En ese «no perder tiempo» incluye el tomar a las mujeres como concubinas. Solían tener más de una. Si eran casados convivían con ellas hasta la llegada de sus esposas y si eran solteros hasta que llegaran las peninsulares (españolas) con quien casarse. Nunca legalizaron el concubinato o bien fueron casos excepcionales. Los españoles, fueron presa de la lujuria al ver bellas mujeres semidesnudas y las tomaron como cosa propia; luego la necesitaron para que sostuviera el alimento y los atendiera, por eso la relación entre español e indígena tuvo todo tipo de matices, desde la violación hasta la convivencia, sin faltar la entrega amorosa de la india hacia el bello español vestido, acorazado, con barbas y voz altisonante. Su título fue el de barragana*.

La iglesia, los sacerdotes, tuvieron ojos ciegos a lo que en Europa hubiera significado un estado fuera de la ley divina. Los hijos nacían, no reconocidos o bastardos y además mestizos, condiciones que los colocaban en un espacio híbrido carente de derechos.

La mujer ocupó su lugar de manceba sin que la avergonzara la situación; tampoco su colectivo la censuraba. Por un lado, porque la fuerza y el atropello español, se lo imponía y otro poco, porque eran seres sin prejuicios, sin tabúes. Como la madre tierra que adoraban, se brindaban generosas, y, por último, ¿qué voz podía levantar una mujer frente a hombres dominados y dominadores? Cumplía con el rol que le habían adjudicado. En esa situación de mujer sometida originará el mestizaje. El mestizo o mestiza es el fruto de un encuentro biológico entre dos seres de diferentes sexos, como tantos hay en el mundo; un hombre solo, empoderado y una mujer bella, dominada, dan origen a esa clase: los mestizos. La mujer indígena fue Eva en el nuevo paraíso.

Esas Evas originaron un mestizaje que multiplicó sus genes en todo el territorio latinoamericano. Me pongo de hinojos ante esa imagen dulce y aguerrida de mujer guardiana de valores de la tierra. Solamente supo entregar, nunca pudo exigir; ni aún hoy en las luchas por la igualdad, la mujer indígena puede encontrar su lugar, un espacio que le reconozca ser hacedora de origen. Aún sufre la violación a sus derechos culturales, sociales y económicos.

En el profundo desencuentro del que habla Sábato, para estos hombres y mujeres, estaba reservado el destino de formar una nueva raza; en el edén americano como muchos españoles lo bautizaron, había una Eva que esperaba para escribir una nueva historia, sin metáfora. La Eva del nuevo paraíso espera, como aquella de Adán, que alguien la rescate y la vea como madre originadora de culturas nuevas.


(*) Mujer que convive con un hombre sin estar casados entre sí.  

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