Entre el adobe y los palacios, la dicotomía

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Inmigrantes en Argentina y el Palacio Ferreyra en Córdoba (Fotos: internet).

Tuve oportunidad de conocer el palacio Ferreyra en Córdoba; se trata de una construcción de estilo francés, erigida en el tradicional barrio Nueva Córdoba, construido con elegancia para la familia tradicional de la ciudad de apellido Ferreyra. Cuenta con 35 dormitorios, 19 baños y una multiplicidad de salas. Tiene una extensión de más de 500 m2. Está rodeado de jardines, que invitan a caminar alrededor del inmueble. Su sólida infraestructura y su majestuosidad impactan, sobre todo a quienes no podemos, con nuestras palabras, describir tan armoniosa suntuosidad; se necesita un avezado para poner nombres a tamaña magnificencia. Se presenta extremadamente cuidado; la provincia de Córdoba lo expropió sin que faltara un juicio intermedio y hoy es el museo “Evita”.

Cuando me detuve en la fecha en la que se comenzó a construir, algo hizo ruido: 1912. Por esos años nacían mis padres, hijos de inmigrantes, gringos pobres. Mis abuelos habrían estado levantando alguna casa de ladrillo para salir del adobe. Llegados en 1885 bregaban por pagar la pequeña parcela, por criar los hijos, por levantar cosechas. Evoqué frases escuchadas: “Juntábamos el maíz con las manos”, “Nos dormíamos tiritando”. Hay momentos en que las emociones opuestas se unen y aparecen otros sentimientos.

Leo que el propietario, el cirujano Martín Ferreyra, construyó el palacio copiando los estilos europeos. Nacido en Argentina, se educó en Londres y París y acá abandonó la profesión para dedicarse a la administración del imperio calero en Córdoba, y a la política. Los tiempos le habrían sido propicios para que pudiera erigir un palacio de esa envergadura ya que el costo total de la obra ascendió a casi medio millón de dólares de la época. Lo habitaron en 1916 a causa de la lentitud con la que llegaban los materiales de Europa (guerra mundial en el medio).

Y otra vez evoco a mis abuelos, su casa: una, dos habitaciones, una granja, la higuera…  Ladrillos hechos por ellos y los hijos más grandes… Y otra vez las voces. “La nona hacía manteca con la nata y la vendía para ganarse unos pesos”. “Había que salvar la tierra”. Ellos y su epopeya: la lucha contra las langostas, sequías, inundaciones. Solos en la planicie generosa, ignorantes de la riqueza que le generaban a la nación.

Es difícil apagar los murmullos que producen las dicotomías cuando se presentan en un mismo tiempo, en un mismo escenario, y rozan los recuerdos familiares. Es difícil separar imágenes tan opuestas.

Mis abuelos y mis padres se han ido hace mucho, dejaron sus silencios, sus ejemplos, sus cantos doloridos de italianos, su idioma, aquella vieja casa levantada “a pulmones”, sus quejas, rebeldías, tristezas, sus agradecimientos; aquí está el palacio, espléndido, sin marcas. Nada le falta, nada le ha faltado. Hubo arquitectos enfrascados en su éxito. No es necesario hollar demasiado para encontrar las diferencias, para detectar una y otra realidad.

Mis abuelos repitieron la historia de miles de italianos que como ellos cruzaron el Atlántico atraídos por una propuesta. Apostaron al progreso, creyeron; enfrentaron los obstáculos, amenazas y sobre todo la soledad. Sin herramientas y por promesas incumplidas, los terrones tuvieron que abrirse con sudor y sin duda con lágrimas; para obtener agua, cavaron los pozos y al levantar la vista, el horizonte tan abierto ya no convocaba a utopías.

Mientras ellos producían el granero del mundo, otros construían palacios: las familias Alvear, Anchorena, Paz y tantos otros en Buenos Aires y en provincias, como el que describo más arriba.

Mis abuelos gringos, como todos, se fueron sin aplausos y en mi deslealtad sigo ponderando, las hermosas mansiones construidas, en el mismo tiempo que ellos se guarecían en el adobe e iniciaban la aventura de crear una Argentina potencia.

En ese majestuoso “Palacio Ferreyra”, hoy museo, me sentí heredera de sueños migrantes, mirando como el mundo no puede separarse de las tensas realidades generadas por las dicotomías.

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