Una Navidad más intensa

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Del latín december, décimo mes del calendario romano que comenzaba en marzo, y por ello es: decem («diez»). Con respecto al calendario gregoriano, expresa: decimosegundo y último mes del año que dura treinta y un días.

Tantos diciembres hemos transcurrido y vivido siempre con intensidad porque señala un cierre fundamental en cada año de la cronología individual, incluyendo la celebración máxima de la Navidad. Inocencia e ilusiones de la infancia, la adolescencia con sus ensueños y después, la juventud hasta la apertura de etapas consolidadas, con acompañamiento y la presencia de hijos que nos trajeron nietos como maravillosa y madura vendimia de vida. Todos reunidos a la espera de la Navidad.

Jamás imaginamos vivir hoy la experiencia que nos afectó sin distinciones de lugares geográficos ni de estamentos sociales. Y nada menos que provocada por algo tan minúsculo como un virus y tan maléfico como lo fue en su intensidad y en su dimensión geográfica. Una ponzoña que nos dejó, como resarcimiento, enseñanzas muy representativas.

Si no apreciamos y valoramos los descubrimientos, los análisis y aprendizajes que nos entregó la pandemia, habremos vivido una odisea infructuosa y el resurgimiento nos ubicará sin modificaciones en el escenario del futuro. La humanidad entera debe recoger la lección e incorporarla a su sabiduría. Nosotros como masa colectiva y los gobernantes como timoneles de cada barco echado al oleaje del futuro.

Adentro, en el sublime universo cerrado por los muros construidos desde el amor como cálido nido reconfortante y protector, diciembre vuelve a cautivarnos con sus celebraciones íntimas. Desde el 8, día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, donde se celebra la vida sin pecado, se nos abre paso en la sucesión de acontecimientos con la preparación del consagrado árbol de Navidad. Si hay niños en el hogar, ellos serán los más entusiastas protagonistas y hacedores de esa tarea.

Y luego nos preparamos. Las salutaciones, los augurios donde emisores y receptores intercambian millones de imágenes y consabidas palabras ya arraigadas, toda una ceremonia previa que antes utilizaba el correo y hoy inundan las redes. Senderos que nos conducen a la fecha cardinal, emblemática y de capital importancia para la grey católica. Algo reiterado y no por eso rutinario y consabido. Cada año ese acontecimiento primordial embarga nuestras vidas con hálitos especiales de espiritualidad.

Quizás el coronavirus se apiadó de nosotros, encerrados y entristecidos, ya que esperó esta festividad para amainar su osadía y vigor destructivo. Hoy nos permiten la ancestral reunión y, si bien ya la considerábamos fundamental y hermosa, recuperar esta solemnidad nos permite valorarla como un tesoro familiar. Ancestral e incomparable. Tendrá otro sabor, el de la recuperación del encuentro, inigualable patrimonio de cada familia ligada por la sangre y los afectos. Y la Navidad, más intensa, supremo fundamento del festejo y la conmemoración, marcará el nacimiento en Belén, agregando hoy el renacimiento de los vínculos más cercanos. Añadido a las oraciones y a la unción.

Al aire libre y con comensales reducidos, nos colmará la dicha de las confidencias y las miradas, las sonrisas y voces, los saludos y augurios. En definitiva, será la presencia recobrada y fortalecida de la familia, unida por la fe en esta conmemoración para abrazar la íntima felicidad.

Auguramos para nuestros lectores una Navidad con todos los lazos recuperados y consolidados, conducentes a íntimas alegrías bajo la luz protectora de la estrella de Belén, aquella que guiara a los magos hacia el pesebre del nacimiento. Que esa estrella los acompañe en esta Navidad y siempre.

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