Chela Lamberti: La plaza, ese espacio verde y fragante

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Imposible no detener la mirada y el paso mañanero. Imaginábamos, después de los estruendos nocturnos de la tormenta, que había dejado marcados testimonios de su impiedad. Pero la cruda realidad nos sacudió, empañando los corazones de tristeza.

Cercenados, muchos de los guardianes que lucían ayer lujuriosos, lozanos y enhiestos, derrumbaron las ramas más fecundas y la riqueza de sus frondas hundió en el lodo la fragancia, el color, la vida. Quebrados, partidos, segmentados, algunos muestran sus entrañas más íntimas devoradas casi en las fauces de la tempestad más despiadada.

Es nuestra Plaza, trazada por el agrimensor Steigleder en su damero para aprobar los planos en Santa Fe, allá por 1886. Es la misma plaza, que según Saturnino Marquínez – nacido en 1903- y de acuerdo a lo narrado a sus hijos, él incursionaba en su interior de cuatro manzanas para cazar lagartijas. El mismo espacio que se ofrecía alambrado para que no entraran los equinos sueltos que deambulaban por ahí, codiciosos de su tapiz interior con sabrosa alfalfa extendida. Los ejemplares de la Comuna y la Comisaría -entidades del orden- hallaban en el predio su alimento habitual.

Con su estampa de fragores lejanos el cañón del Fuerte los acompaña. El devenir trajo la plataforma donde la banda de música ofrecía retretas y el mástil emergió cinco décadas después. Visibles, las placas de bronce esculpen la memoria de los pioneros. En sus entrañas de cemento anida un tubo y guarda el acta del primer suceso sobre el pueblo que sería llamado Sunchales, como preservación de los hechos humanos perdurables para nosotros, la estirpe del mañana. Luego llegaron el busto del Padre de la Patria y el Monumento a la Madre, anexando la alegría infantil con una profusión de juegos para deleite de los más pequeños. Algunos otros tesoros más visibles, como el mástil que se engalana de patria con los colores y el ondular sagrado, además del busto de Steigleder.

Fue el almanaque del agasajo, allá por 1986, cuando el centenario estableció los galardones logrados por la ciudad, que nuestra plaza lució más espléndida con la fuente, las pérgolas, el paseo cívico hacia la Municipalidad, todas evidencias certeras de su crecimiento y belleza. Escenario donde se amalgamaron rezos, oratoria, música, citas, tránsito, una conjunción de latidos, testimonios lugareños bajo el diamante de las estrellas y el oro de las mañanas.

¿Cómo no sangrar los corazones ante la visión del destrozo desalmado infligido por la vorágine de la naturaleza? Prestos, los obreros bajo el sol inaugural del naciente con sus brazos y modernas herramientas desprenden los miembros mutilados que aún conservan alguna hilacha aferrada, signo ineludible de haber pertenecido al todo, ejemplar robusto de antaño.

Otros sitios de la ciudad han sufrido idéntico escarnio, incluso familias que tristemente debieron soportar el cimbrón; pero es este epicentro de verdor y solemnidad el que ha padecido con ímpetu y verdadera violencia descarnada. La profusión de troncos y follaje resalta la inmolación en el verano inicial del nuevo año. Tantas etapas de crecimiento devoradas en una sola noche, quizás una hora.

Generosa, la tierra fecunda sabrá alimentar los cuerpos desde sus raíces. Y la mano del hombre será panacea sanadora y vivificante, con sus cuidados y el riego bienhechor. Etapas de la vida ciudadana que van quedando como puertos en la distancia para transformarse en manantial de reminiscencias que podrán absorber desde la historia. Por eso, la literatura hoy deja constancia desde la melancolía.

Foto: Diego Rosso.

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