La literatura, fuente de reflexión

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Fotos: Internet – Fotomontaje: SunchalesHoy.

Leamos juntos este relato de Eduardo Galeano, tomado de “Bocas del Tiempo”.

Parientes

“En 1992, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvación de las Américas, un sacerdote católico llegó a una comunidad metida en las hondonadas del sureste mexicano.

 Antes de la misa, fue la confesión. En lengua tojolobal, los indios contaron sus pecados. Carlos Lenkersdorf hizo lo que pudo traduciendo las confesiones, una tras otra, aunque él bien sabía que es imposible traducir esos misterios:

–Dice que ha abandonado al maíz –tradujo Carlos–. Dice que muy triste está la milpa. Muchos días sin ir.

–Dice que ha maltratado al fuego. Ha aporreado la lumbre, porque no ardía bien.

–Dice que ha profanado el sendero, que lo anduvo macheteando sin razón.

–Dice que ha lastimado al buey.

–Dice que ha volteado un árbol y no le ha dicho por qué.

El sacerdote no supo qué hacer con esos pecados, que no figuraban en el catálogo de Moisés.”

A causa de no encontrar respuestas en las Tablas de la Ley, el indio no tuvo penitencia ya que los pecados confesados no estaban explícitos en ella.

El relato literario podría encajar perfectamente en aquella realidad del siglo XV y XVI cuando los europeos pertrechados con armas, Biblia, Mandamientos y cruces impusieron su dominio sobre pueblos originarios de un continente desconocido para ellos. Ernesto Sábato dice que la obra literaria desempeña misiones, entre ellas la de integrar la realidad humana, desintegrada por la civilización abstracta.

De todas las connotaciones que ofrece el discurso literario enfrenta también a la pregunta de cómo entender al otro cuando el paradigma que tenemos no registra su idea, su costumbre, su modo de vivir…

En la ficción de Galeano, el indígena, a sabiendas del mal que ha hecho y compungido, confiesa; ignorante de que a oídos del mundo “civilizado” suena a barbarie. El abismo que los separa es tan grande que ni siquiera los pecados tienen base común, más, un acercamiento no produciría cambios, si el sacerdote solamente lee sus mandamientos

Muchas veces asistimos a diálogos con posturas antagónicas, donde cada uno de los interlocutores esgrime su “Tabla de Moisés” sin que traductor alguno logre establecer un puente de acercamiento, para que por un instante cambien los zapatos y puedan entenderse.

Atarse a los modelos genera rigidez e intolerancia, pero asegura la zona de confort de la que cuesta moverse. Acceder a otra idea, demanda un proceso de decantación de las propias y reformular unas nuevas, sin embargo, se prefiere sostener la brecha o bien abandonar sin resultado la discusión como le pasó al sacerdote de Galeano.

Cristo fue un gran reformulador de las Tablas de Moisés. Dice Marcos 12:29-31: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Con esto deja implícito que la adoración genuina viene del corazón y no de la imposición y sometimiento.

Tomando como cierto el magnífico relato de Galeano, me parece oportuno resaltar que los pecados del indio no eran tan descabellados, ni representaban la barbarie, porque la iglesia cristiana a través de su papa Francisco, en el 2015, hace un llamado desde su primera gran encíclica Laudato si (alabado seas) en la que el pontífice habla de una «conversión ecológica» y sostiene: «No podemos dejar de reconocer que un planteo ecológico se convierte en un planteo social”. Se necesitaron más de cinco siglos para que el relato se resignifique desde otro lugar.

Más de cinco siglos siglos para interpretar que lo que está escrito, que lo que tomamos como única verdad, como elemento de discernir entre lo bueno y o malo, no siempre es tan tácito. A veces es necesario apelar al corazón y ponernos zapatos de otro para que la palabra empatía no rebote por el aire inútilmente.

Y otra pregunta me deja la obra: ¿Por qué la habrá titulado “Parientes”?

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