Chela Lamberti: Jorge Fiameni, insignia de valores

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Así lo definió Diego Colombo en Ataliva, el sábado 23 de enero, cuando reunidos familiares y amigos, despedíamos a Jorge Alberto Tomás Fiameni. Levó anclas desde esta tierra, apresado en las garras de la nueva enfermedad que conmueve al universo. Seguramente, la vida aún tenía reservadas para él inagotables secuencias productivas, como las que allí se narraron pretendiendo corporizarlo y mantener intacta la presencia que muchas veces ocupó idéntico recinto, un comedor frente a la plaza, mirando hacia el naciente.

“La Barra de los miércoles” incluye figuras de variadas edades y profesiones, además de residencias – porque algunos sunchalenses se unen a ella-, convocados por la mesa tendida y un amistad inalterable donde todos los temas son abordados y la camaradería es un estandarte erigido hace tiempo, que permanece intacto sobre el pedestal de los años con tintes de hermandad. Sobre la pared del fondo los testimonios fotográficos dan cuenta de íntimos y placenteros encuentros de esa “Barra de los miércoles”. Un birrete del Club Deportivo Independiente, una camiseta de fútbol, fotos a granel, todo habla y cuenta su historia; las imágenes son elocuentes relatos de un tiempo que ya fue en la cronología de ayer. Y esperan. Esperan la suma de otros testimonios que los relojes anexarán, porque así lo hubiera querido el ausente.

Nacido en Ataliva, Jorge Alberto Tomás Fiameni, hijo del farmacéutico del pueblo Enrique Fiameni – director ad honorem de teatro, entusiasta político- y de Clery Schiavi, primera nieta del inmigrante italiano Pascual Schiavi – hombre visionario y emprendedor-, compartió a sus padres con tres hermanas- Graciela, Marta y Susana -, además de la legendaria abuela Clara. Cursó los estudios primarios en la Escuela “Justo J. de Urquiza” y concluyó este ciclo siendo mi alumno. Siendo primos segundos, decidió llamarme con el nombre de Tía y ese distintivo enalteció nuestros vínculos.

Recorrió el país a través de su trabajo como viajante y cosechó amigos a granel, para luego establecerse como empresario en Córdoba y en Santa Fe. Finalmente fue Rafaela su destino, donde también residía Clery Schiavi, la madre. Tres cariñosas hijas coronaron su existencia, Marcela, Rosana y Jesica, además de dos nietas: Tatiana y Melina. Jesica estuvo acompañada este sábado por Adriana, su madre. La cercanía desde Rafaela con Ataliva consolidó los nexos que lo definían, ligado afectivamente a su cuna de pueblo.

Por la fisonomía en algunas circunstancias le dijeron que se parecía a César Luis Menotti. Esta característica le cosechó variadas anécdotas, muchas veces porque realmente lo confundían y otras, porque sus amigos lograban convencer fácilmente a terceros incautos de que en realidad era Menotti y sugerían que le solicitaran autógrafos. Jamás faltó a un encuentro con la familia. Presentaciones de libros, exposiciones, festejos, aniversarios escolares, cada fecha era para él un compromiso y como tal, su asistencia se hacía certera.

Durante el encuentro de este sábado 23 de enero en Ataliva, una mayoría de sus allegados quiso destacar los conceptos que su conducta originaba. Allí florecieron los elogios y el reconocimiento; por su carácter, su hombría de bien, la conducta para con los amigos, su espíritu participativo y sincero, profundo. Su vida, una auténtica insignia de valores. Descollando sobre estas excelentes cualidades, el orgullo por sus raíces y el amor por el pueblo natal.

Su hermana Marta es ya etérea figura entre los árboles de la plaza donde echaron a volar sus cenizas hace demasiado tiempo. Se le suma hoy su hermano Jorge, porque así manifestaron desde sus voluntades para yacer en la misma tierra que los viera nacer, crecer, jugar y convertirse en personas de bien. Cuando entremos al pueblo desde la Ruta 13, veremos allí el pequeño monumento enclavado que conlleva la figura de una Virgen. Desde las cenizas, el espíritu de este grandote risueño, generoso y excepcional llamado Jorge Fiameni nos saludará, jugando con los duendes entre el verdor de las frondas paralelas o quizás, velando por su terruño, suelo bendito al cual decidió retornar.

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