Buenos días, su señoría. Mantantiru-Liru-Lá

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Foto: Internet.

Para los niños el juego es mucho más que una diversión. Promueve su desarrollo, ayuda en las destrezas matemáticas, apoya el lenguaje, socializa y permite sobrellevar el estrés que muchos pequeños sufren. Es un campo en el que puede realizarse como persona. Lo explican profesionales de la educación mientras lo fundamentan con ejemplos prácticos que abren caminos de aprendizaje.

El juego ha estado unido siempre a todos los colectivos socio-culturales a lo largo de la historia, siendo una actividad inherente al ser humano. La importancia concedida al juego no es algo nuevo, o de nuestro tiempo. En la Grecia clásica, el juego formaba parte de la formación del ciudadano, siendo Aristóteles o Platón quienes destacaron su gran valor educativo.

Poblaron las infancias de todos los niños; los recuerdos de adultos giran alrededor de ellos. Uno de los juegos tradicionales fueron las rondas, que consiste en cantar y realizar movimientos de acuerdo con la letra escrita en rima. En mis épocas, animaban los recreos en las escuelas y el encuentro de amigas. Se cantaban los versos sin demasiada atención a su contenido. Lo que importaba era conocer la letra; no faltaba alguna modificación hecha por error de comprensión.

Las letras de esas rondas traducen símbolos, imágenes, formas de ver el mundo, de aceptar ciertos modos de relacionarse. Los personajes de los cantos infantiles demuestran una cultura tradicional transmitida de generación en generación, ayudantes en la construcción de esquemas lingüísticos y mentales relativos a los papeles sociales y los modelos de comportamiento: las relaciones entre los géneros, al amor, el matrimonio, al deber ser de las mujeres y el ser de los hombres.

“Arroz con leche” era infaltable, casi una rutina empezar por esa ronda. El texto es simple: un varón desea casarse: “Me quiero casar con una señorita de San Nicolás” y no suficiente con esto, exige: “que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar…”. Y al fin decide. “Con esta sí, con ésta no, con esta señorita me caso yo”. El derecho a elegir es del hombre y con algunas exigencias… La mujer por su parte debe saber coser, bordar, en fin, debe ser trabajadora y también divertida “para ir a jugar”, para agradar al hombre y que éste la elija; en segundo lugar y casi inexistente queda su decisión.

El prototipo de mujer que encajara en la sociedad se mostraba a edad temprana. Es aceptable si conocemos que “Arroz con leche” data del siglo XIV. Lo admirable es que ha permanecido en el tiempo indicando su valor.

Otro tradicional es: “Muy buen día, su señoría. Mantantiru-Liru-Lá” Las voces en coro se alternan para dar sentido al canto: El varón va a pedir una hija y el diálogo es éste:

“¿Qué quería su señoría?” / ”Mantantiru-Liru-Lá!” / ” Yo quería una de sus hijas,” / ” Mantantiru-Liru-Lá!” / ”¿Cuál quería su señoría?” / ”Mantantiru-Liru-Lá!” / ”Yo quería la más bonita,” / ”Mantantiru-Liru-Lá!”.

El joven ya ha decidido anticipadamente dónde buscar compañera y le exige la más bonita. Angustia de las presentes. ¿Cuál es la más bonita? Aparece el rasgo selectivo. Son nombradas, en primer lugar, aquellas que responden al prototipo de belleza modelado por la sociedad.

Prefiero no recordar las actitudes de rechazo hacia niñas que no cumplían con esos requisitos (prefiero olvidar).

¿Y qué oficio le pondremos? Imponerle un oficio es casi religioso. Las mujeres son modistas, cocineras, bordadoras, pantaloneras; algunas aceptan; otras, no. Finalmente le ofrecen ser princesa y ese es el rol deseado por la niña amante de vestir coronas.

Muy presente tengo este juego porque no accedía hasta que no ofrecieran lo que quería para mi adultez; el oficio era muy importante y se alejaba diametralmente de las propuestas. Solo aceptaba si el oferente se rendía a mi espíritu libre de elegir. De ese modo las propuestas vagaban entre las actrices de cine, las pianistas, las maestras, más, nunca una hacendosa ama de casa. Por un momento proyectaba el futuro como si la propuesta hecha por un par, cumpliera el sueño de niña rebelde y soñadora. Nunca entendí por qué aceptaban tan rápidamente el rol cualquiera hubiera sido. Tal vez porque el juego exige dinamismo y alguna con un pensamiento práctico eludía los detalles.

Hoy existe preocupación porque los niños juegan menos, absorbidos por las pantallas, si nadie pone coto, pero contamos con docentes que valorizan el juego como espacio para la autorrealización del niño. Las propuestas son variadas, específicas y direccionadas hacia el propósito de aprender, sin que se pierda el placer de jugar con otros.

Ya no oigo el “Mantantiru-Liru-Lá” que obliga a aceptar una profesión, porque el mundo ha cambiado merced a la lucha de muchas mujeres, sobre todo de quienes decidieron ser libres desde la cuna.

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