Chela de Lamberti: Apoderamiento de bienes ajenos

58

“El robo es un delito contra el patrimonio, consistente en el apoderamiento de bienes ajenos de otras personas de manera fraudulenta, empleando para ello fuerza en las cosas o bien violencia e intimidación en las personas”, expresa una definición. Si nos remontamos en el tiempo leeremos sobre invasiones de pueblos, apoderamiento de riquezas ajenas, disputas bélicas por terrenos de diversa índole. Robar es un acto tan viejo como el mundo. El robo más grande de la historia sucedió cuando una banda de ladrones se llevó obras de arte de Degás, Rembrandt y Vermeer del Museo de Boston. Las piezas estaban valoradas en US$300 millones. Las crónicas cuentan sobre otros robos muy famosos en distintos lugares del mundo, diagramados, previstos y perpetrados con ingenio por ladrones con experiencia.

Pero la actualidad nos enrostra a diario al ladrón de poco monto, quizás más, quizás menos, pero sí frecuente, el que ha hecho de la ratería su medio de vida y ha denigrado la existencia pasiva de sus semejantes con esa continuidad en creciente desparpajo y osadía. Ya no asombra pero preocupa lo que muestran los medios de prensa nacional con respecto a la inseguridad, involucrando a víctimas de cualquier edad y condición social. Todo artículo ajeno puede pasar a ser propiedad de los delincuentes, así de fácil les resulta despojar a sus semejantes, desprevenidos o enrejados, en la vía pública o enjaulados.

¿La seguridad? Bien, bien en falta. No alcanzan los policías ni los móviles, no alcanzan las leyes, no alcanzan las cárceles. Y si estas están colmadas, pues… echemos a la calle los corruptos para que no se contagien de covid… para que acrecienten así la inseguridad arrojando los zorros al gallinero de la sociedad. La actuación de la justicia en algunos momentos es inconcebible, como en el reciente caso de violación de la joven venezolana que concurrió a una entrevista de trabajo en Balvanera. ¿El agresor? Libre, por supuesto.

En la calle la seguridad corre por cuenta de los vecinos que se guarnecen tras sólidas rejas, compran perros, instalan alarmas vecinales que pagan con sus magros salarios, organizan grupos de whatsapp para intercomunicarse… y nada es suficiente. El ladrón aprehendido dará un paseíto por la comisaría y volverá a ventilarse, ante la visión azorada de los damnificados. ¡Y que no se le ocurra a alguien defenderse con un arma! Incluso siendo agente del orden deberá retacear su participación si está armado y “puede herir” al agresor.

Recuerdo los tiempos de niñez y de vida en el pueblo. Las gruesas y altas puertas de madera robusta, además de las ventanas, estaban guarnecidas por las “trancas”, pesados hierros que atravesaban todas las aberturas por el lado interno. ¿Quién se animaba a franquearlas? Y, por supuesto, no se conocía ningún caso de robo a la propiedad. Hoy, cualquier pueblo pequeño, incluso los que rodean a Sunchales, son escenarios propicios para los maleantes. Nuestra ciudad no se salva del estigma.

Quien trabaja para vivir con decoro y dar a su familia una vida digna, es el principal centro de atracción para despojarlo de aquello que acumuló con sus haberes honestos a través del tiempo. Los investigadores han mostrado que la mayor parte de los ladrones trabajan con un habilidoso «piloto automático» que les permite aprovechar rápido las oportunidades que encuentran. Lo más penoso es que ese piloto automático también les consiente utilizar armas para descargar sin motivo a veces, evidenciando total desprecio por la vida ajena.

Foto ilustrativa: Internet.

Comentarios