Tirar la casa por la ventana

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Imágenes: Internet. Fotomontaje: SunchalesHoy.

No cabe duda. Los tiempos actuales nos trajeron profundas transformaciones, permanentes y veloces a tal punto de que con la premura con que llegan, no logramos adaptarnos. Aceptar el cambio y actuar al mismo tiempo se torna confuso e intimidante. Cometemos errores debido al poco espacio de reflexión que el golpe nos imprime. Las formas del pasado para dar respuesta no producen los resultados esperados. La incertidumbre, palabra que en mi niñez era un vocablo difícil e incomprobable, hoy se encuentra rondando los despertares. ¿Qué pasará hoy?

La educación no queda afuera. Otrora era espacio de respuestas, hoy se encuentra en las más ambiguas situaciones. Su crisis es tema en todos los estratos sociales. Desde hace varias décadas se oye el reclamo imperativo de la sociedad: “¡Cambiemos la educación! ¡Educación del siglo XIX para niños del siglo XXI!”. Es evidente que el modelo educativo que fue exitoso durante décadas ya no cumple sus objetivos.

En este mundo globalizado nada es permanente; todo es líquido; los contornos se desdibujan, mientras los conocimientos se multiplican y los niños permanecen rígidos dentro de una estructura vertical en un sistema complejo, el sistema educativo. La pandemia no hizo otra cosa que chocar contra un iceberg al que solo se le veía la punta.

Se han producido modificaciones en nombre del reclamo que no han generado ningún estremecimiento más allá de sacar de los baúles algunos conceptos, develar otros y poner voz a los silencios, pero la educación necesita algo más sustancioso. Necesita producir una metamorfosis y enfrentar problemas del presente con estrategias innovadoras, abandonando los perimidos modelos del pasado, es decir cambiar el paradigma.

Guillermina Tiramonti, licenciada en Ciencias Políticas expresa. “El mal central de la escuela es su anacronismo y su incapacidad de cambiar, que la condena a una reproducción degrada de lo que alguna vez fue. De modo que el desafío en educación no es retornar, no es disciplinar, tampoco refundar, sino iniciar un camino de transformación que nos ponga de nuevo en la senda de la construcción de una buena escuela que debe ser diferente a la de la primera mitad del siglo XX”. Nada más acorde con lo que pienso.

Para esto que evidentemente no es sencillo, son imperativas las decisiones fundadas en consensos políticos amplios, no preelectorales. Un espacio que ponga en debate aspectos relevantes del futuro de nuestros jóvenes. Personalmente colocaría el conocimiento en el centro de la polémica. ¿Cuánto valor le brindamos al conocimiento en esta sociedad?

El conocimiento es un derecho, no una ideología. Los niños y jóvenes que se educan deben tener ante sí la oportunidad de contar con herramientas accesibles e innovadoras para enfrentar los desafíos de esta nueva generación, adaptarse constantemente y timonear el nuevo barco.

Otro acuerdo colectivo es una educación de calidad para todos, sea cual fuera la forma en que se transforme. La pandemia ha desnudado la parte más sensible de la educación. Muchos alumnos quedaron afuera por el solo hecho de ser pobres o vivir aislados del mundo urbano y no contar con conectividad, máquinas, celulares… ¡Inconcebible!

Y sin duda, reconocer que los docentes, actores principales, necesitan apoyo de la sociedad en su conjunto para educar, junto con un salario remunerado acorde a su función educadora. Ha quedado fehacientemente comprobada su importancia, el valor de su presencia aún detrás de las pantallas. Los queremos con voz propia, con una postura defensora de la educación como derecho, eficientes en su labor, seguros en sus convicciones.

Los que supieron reinventarse en este momento de pandemia, pueden reposicionarse para enfrentar los nuevos retos. Necesitamos que se reconozcan protagonistas de cambios sin mirar viejas partituras, en ambientes escolares despojados de rigideces, pero siempre cargados de humanidad. Ellos deben se puentes en elección de nuevos caminos. Ellos son actores e intérpretes de la metamorfosis reclamada. De oruga a mariposas en procesos flexibles.

Los padres piden a gritos el regreso a las aulas. Los mismos gritos que algunas veces se escucharon en contra de las escuelas y sus maestros, hoy reconocen su valía porque las horas escolares sostienen la organización familiar en función de trabajos y obligaciones.

Lo que no puede ser, es repetir la misma escuela.

Las autoridades responsables debieran avizorar este momento como la oportunidad para “dar vuelta la casa por la ventana”. Hay que pegar el salto. La pandemia nos ha dejado sin ropas, que nos dé la oportunidad de revestirnos con trajes menos protocolizados, pero los suficiente dúctiles para abrazar a todos. Dice José Manuel Bautista Vallejo: “Hay que impulsar un cambio que nos lleve a la nueva alegría de sentirnos con el poder suficiente de transformar nuestro lugar de origen y transformarnos nosotros. El objetivo es el crecimiento personal y el de la comunidad, para que el progreso llegue a todas las personas con el consiguiente aumento del bienestar para todos y todas y para las generaciones futuras.”

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