El regreso a la presencialidad. Aplaudamos a los docentes.

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Foto: Griselda Bonafede.

Si la pandemia ha sido un problema, una ruptura de la rutina y un desacomodamiento de esta cultura nuestra de abrazos y gestos afectuosos, la pospandemia no será mejor; nos deja la nueva desilusión: nada volverá a ser como antes. Se acabaron las certezas

Según los especialistas en materia educativa, tema que no puedo soslayar porque forma parte de mi vida, la pandemia profundizará las desigualdades educativas preexistentes. Todo el esfuerzo realizado, que no fue poco: plataformas de aprendizaje, cuadernillos, clases virtuales, no han compensado las condiciones de los que por su situación económica no tienen acceso a ellos. Los chicos sin excepción necesitan de la figura del maestro; los que son pobres, la necesitan doblemente. Un informe de “Argentinos por la Educación” muestra que esta brecha es mayor en el nivel primario que el secundario, y que se acentúa en poblaciones más vulnerables.

Cabe la impotencia ante un nuevo hecho de desigualdad social. Un grupo de niños, sujetos de derecho, ha quedado afuera. La inclusión tiene que estar ahí, urgente. No hay tiempo para discursos altisonantes.

El miércoles 17, los grupos de 7º grado de las escuelas primarias de la provincia, volvieron a la presencialidad. Este modelo abortado por la pandemia tiene siglos de desarrollo ininterrumpido, por eso, que ocupe planas en los diarios por su regreso es lógico, sobre todo en paradigmas centrados en permanecer en el confort.

Desde la mirada externa podría parecer simple, sin embargo, los protagonistas necesitaron de tiempo de organización y de convicciones para poder poner otra vez frente a frente, la maestra con los alumnos.

Nuestra ciudad siempre ha sido reconocida por la calidad educativa que brindan sus escuelas; los edificios se destacan por el buen cuidado y el interés permanente de sus habitantes para presentar su institución de la mejor manera; hoy, esas estructuras amplias y ordenadas simplifican la tarea de ambientación para regreso a las aulas. El trabajo del pasado potencia y abrevia problemas del presente.

“La novedad” me lleva a la escuela del barrio, Nº 1212 “Pioneros de Rochdale”. La charla con su directora me remonta a los felices tiempos de dirigir una institución escolar. Percibo en sus palabras el mismo afán que alguna vez imprimí en mis actos, para poder ofrecer lo mejor a los chicos. Me cuenta de cómo llegaron a este día. Una institución educativa está cargada de mensajes y discursos que llegan y van hacia diversas direcciones; nada es lineal y las tensiones se reproducen permanentemente.

Lo cierto es que los alumnos de 7º, más de 40, fueron recibidos en las aulas preparadas para tales circunstancias. Me explica que, en el marco de su realidad educativa, tomaron decisiones y de manera consensuada eligieron una forma: todos los días, de lunes a viernes, los chicos concurren a la escuela; los separan en grupos de 10 y son atendidos por docentes de la escuela, quienes, aún sin ser las maestras designadas para 7º grado, se adaptan a la necesidad, e imparten contenidos del grado guiados por las docentes responsables.

La directora me dice que fue una propuesta acordada. Los maestros están convencidos de que es necesario apoyar a este grupo que finaliza el primario posibilitando su presencia diaria, desde las 8 hasta las 11.30. La idea es zanjar, de la manera más rápida y eficiente posible, la brecha que pudo haberse establecido entre los que se mantuvieron “conectados” y los otros.

Me habla de la importancia que tienen para ellos el vínculo entre docente alumno y la preocupación que los embargaba cuando no podían sostenerlo. En esta primera instancia centrarán su tarea en reestablecer esos lazos. Lo dice con palabras comunes a ambas y que traduzco: “Conscientes de las realidades diversas que nutren la escuela, hoy los maestros tienen claro hacia dónde dirigen sus acciones pedagógicas”.

El silencio aturde. Los territorios circunscriben a escasos chicos con sus barbijos. La pandemia ha cambiado el paisaje que todos tenemos en la retina de la escuela. Creo que las aulas y los patios, semidespoblados, están acercándome al futuro. No implica que sienta temor porque los cambios llegan y deben aceptarse, pero no puedo dejar que corra ese aire de añoranza donde el bullicio de los alumnos era melodía.

Foto: Griselda Bonafede.

Me cuenta la señora Silvia que los recreos se distribuyen en patios del sector este y oeste, salón cubierto, galerías… Muestra como todo es posible en esa institución porque los espacios se lo permiten, así como el compromiso de los docentes con su comunidad.

Es evidente que los maestros le han puesto garras a la nueva situación; seguirán buscando alternativas y salidas exitosas. Así son los docentes.

El sistema escolar, de cuya necesidad de cambio nadie duda, ha tenido una respuesta adecuada. Se avino rápidamente a reemplazar lo virtual por lo presencial, como si hubiera estado agazapado, a la espera de un traspié. Así como se reacomoda para cumplir con el protocolo y reducir dificultades.

Ahora hay caminos fragosos por recorrer, postas donde parar, decisiones que tomar. Por un lado, no dejar desprotegidos a los alumnos proveyéndolos de los recursos tecnológicos necesarios y, por otro lado, profundizar la formación docente para que puedan diseñar experiencias de aprendizaje a distancia con sentido, suficientemente motivadoras; aprovechar el potencial de plataformas y recursos digitales para complementar la presencialidad.

Mariano Naradowski dice: “La vuelta a la escuela requerirá un enorme esfuerzo de redistribución de recursos hacia estos estudiantes y una gran inteligencia pedagógica para incluirlos”.

Nuestros docentes, demostraron tenerla. Fueron actores de primer nivel en la pandemia. Apostemos a ellos, constructores del futuro, quienes, de cara a la transformación, incluyen con la voz, con la mirada, con el afecto. Seguramente pondrán la sonrisa en la mirada para que ningún alumno se quede sin ella. Los maestros son capaces.

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